Una fuerza de trabajo médica adecuada y bien distribuida es un requisito previo para una atención accesible y de alta calidad, particularmente a medida que el envejecimiento poblacional y la multimorbilidad aumentan la demanda de manejo longitudinal en la atención primaria. Las reevaluaciones globales recientes también subrayan que la escasez persistente de fuerza de trabajo en salud y su mala distribución siguen siendo una restricción material para el progreso hacia la cobertura universal de salud en muchos contextos (Boniol et al., 2022[1]). La evidencia del Programa Mais Médicos de Brasil muestra que las políticas de despliegue pueden ampliar rápidamente la oferta de médicos en zonas desatendidas, pero también que la provisión de corto plazo por sí sola no puede sustituir a la planificación estructural de la fuerza de trabajo. Los análisis nacionales sugieren que la sostenibilidad depende de la alineación con la capacidad de formación, los marcos regulatorios y las políticas de retención; si bien las ganancias en salud fueron mayores donde la densidad médica de partida era menor, la evidencia general subraya la necesidad de acompañar las iniciativas de despliegue con un fortalecimiento más amplio del sistema de atención primaria (Hone et al., 2020[2]; Pinto Junior, Amorim and Aquino, 2020[3]).
La densidad médica varía marcadamente en América Latina y el Caribe, oscilando entre alrededor de 9.5 médicos por cada 1 000 habitantes en Cuba y 0.3 en Haití, una diferencia de más de 30 veces (Figura 8.1). En promedio, ALC33 tiene 2.4 médicos por cada 1 000 habitantes, en comparación con 3.6 en la OCDE. Varios países se sitúan en el promedio de la OCDE o por encima de él (por ejemplo, Argentina 5.1; Uruguay 4.7), mientras que varios países reportan menos de 1 médico por cada 1 000 (por ejemplo, Honduras 0.5; Jamaica 0.5; Nicaragua 0.7). Si bien parte de la variación entre países refleja diferencias en la capacidad de formación y la retención, también refleja diferencias definicionales en cuanto a si los datos captan a los médicos en ejercicio o a todos los médicos con licencia.
Las mujeres representan aproximadamente la mitad de los médicos en los países con datos disponibles, con un promedio del 50.9% en ALC18 en comparación con el 49.5% en la OCDE (Figura 8.2). La proporción es más alta en la República Dominicana (72.0%) y Perú (64.6%), mientras que México reporta una proporción menor (43.9%). Una fuerza de trabajo médica con mayor equilibrio de género tiene implicaciones para las vías de formación y las condiciones de empleo, ya que la elección de especialidad y los patrones de jornada laboral pueden diferir en promedio según el género, lo que afecta la oferta en equivalentes de tiempo completo. Sin embargo, una mayor proporción de mujeres en la fuerza de trabajo no asegura por sí misma la equidad en la progresión profesional, el acceso a puestos de liderazgo o la remuneración. La evidencia del sector más amplio de la salud y los cuidados muestra brechas salariales de género persistentes y segregación ocupacional, lo que subraya la importancia de acompañar la planificación de la fuerza de trabajo a nivel de servicio con políticas que promuevan una remuneración justa y un desarrollo profesional equitativo (WHO, 2022[4]).
El perfil etario de los médicos sugiere presiones de reemplazo heterogéneas. En 14 países de ALC, el 25.1% de los médicos tiene 55 años o más en promedio, por debajo del promedio de la OCDE del 32.1% (Figura 8.3). Guatemala destaca con un 46.8% de médicos de 55 años o más, seguida de la República Dominicana con un 36.3%, mientras que Paraguay reporta un 10.9%. Los países con una fuerza de trabajo médica de mayor edad pueden enfrentar un riesgo de jubilaciones en el corto plazo, a menos que se fortalezcan los flujos de formación, las políticas de retención y las mejoras de productividad.
Estos indicadores apuntan a tres desafíos de planificación simultáneos: (i) cerrar las grandes brechas entre países en la densidad médica, (ii) adaptar las políticas de formación y de entorno laboral a una fuerza de trabajo con casi paridad de género (o mayoría femenina), y (iii) anticipar las jubilaciones donde las poblaciones médicas son de mayor edad, al tiempo que se protege la retención y la productividad. La evidencia de encuestas recientes a médicos muestra con qué rapidez pueden cambiar las intenciones de jubilación en función de la carga de trabajo y las condiciones laborales, lo que refuerza la importancia de contar con estrategias proactivas de retención y de entorno laboral, junto con las medidas relativas al flujo de formación (Walsh et al., 2024[5]).