La formación y el tiempo son dos de las restricciones más severas para la sostenibilidad y la calidad de la ALP en ALC. El trabajo de cuidado es inherentemente complejo —abarca el cuidado personal, el apoyo en el hogar, el monitoreo de los cambios en la condición y el apoyo emocional— y el informe Who Cares? How to Support and Ensure Recognition for Caregivers for Older People in Latin America and the Caribbean (Stampini et al., 2025[1]) subraya que un desarrollo deficiente de las competencias y un escaso apoyo se traducen en una atención de menor calidad y en peores resultados para los propios cuidadores. El cuidado no remunerado tiene un fuerte sesgo de género: las mujeres constituyen alrededor del 60% de los cuidadores no remunerados y, impulsadas por las normas sociales, tienden a dedicar más tiempo al cuidado y a asumir las tareas menos flexibles, con efectos indirectos en el trabajo remunerado y el bienestar.
Las grandes brechas de formación entre los cuidadores remunerados probablemente socavan la calidad de la atención y la retención (Figura 9.10). En ALC22, el 37% de los cuidadores remunerados reporta no tener formación, el 16% se apoya en el autoaprendizaje y el 47% reporta alguna formación basada en cursos, a menudo más corta que la recomendación de 260 horas del Protocolo Iberoamericano. Donde existe formación, esta tiende a enfatizar las tareas técnicas y a dar menos peso a la comunicación, la resiliencia emocional, el autocuidado del cuidador y los enfoques centrados en las personas. Una formación inadecuada puede aumentar las complicaciones prevenibles (por ejemplo, mediante un apoyo inseguro a la movilidad, una deficiente prevención de infecciones o el reconocimiento tardío del deterioro) y puede contribuir al estrés y la rotación de los cuidadores. La evidencia de los programas estructurados de educación y desarrollo de competencias para cuidadores, particularmente en la atención de la demencia, sugiere que tal apoyo puede mejorar los resultados de los cuidadores y ser costo-efectivo, lo que indica una oportunidad perdida para fortalecer los sistemas de atención de largo plazo (Livingston et al., 2020[2]).
Las mujeres dedican más tiempo a brindar cuidado no remunerado a las personas mayores que los hombres en todos los países con datos (Figura 9.11). En el promedio de ALC8, las mujeres brindan 8.8 horas por semana en comparación con 6.0 horas de los hombres. Las brechas de género son particularmente grandes en algunos países del Cono Sur, lo que refleja tanto los patrones del mercado laboral como las normas de género persistentes. La mayoría de las encuestas de uso del tiempo omiten el «cuidado pasivo» (estar disponible) y, como se señaló anteriormente, pueden subestimar el cuidado brindado dentro de los hogares, por lo que las horas totales —y las brechas de género— probablemente están subestimadas. Una alta carga de tiempo sin una preparación adecuada eleva el estrés, las lesiones musculoesqueléticas y los riesgos para la salud mental, lo que amenaza la sostenibilidad de los arreglos de cuidado; el cuidado prolongado de alta intensidad se asocia con una peor salud del cuidador, especialmente cuando las responsabilidades surgen de forma repentina o con poco apoyo (Bom et al., 2018[3]). Estas presiones se intensificarán a medida que la demencia y la multimorbilidad aumenten con el envejecimiento poblacional.
Estas dos figuras apuntan a un doble desafío para la política de ALP: profesionalizar y estandarizar las competencias en la fuerza de trabajo remunerada, al tiempo que se reduce la carga de tiempo e intensidad que recae de manera desproporcionada en las mujeres en el cuidado no remunerado. La dirección que plantea el informe es clara: ampliar las vías de formación accesibles y de mayor calidad (incluido el reconocimiento de los aprendizajes previos) y fortalecer las políticas de apoyo a los cuidadores (información, apoyo psicológico, respiro y trabajo/permisos flexibles), junto con los esfuerzos por transformar las normas de género y aumentar la participación de los hombres en el cuidado.