La corrupción es un problema global que genera costos que van mucho más allá de las sumas implicadas en el cohecho, la malversación o el fraude. El cohecho de funcionarios públicos puede ocasionar graves perjuicios, por ejemplo, cuando se adjudican contratos a empresas extranjeras en sectores estratégicos, como las infraestructuras. Más allá del sufrimiento humano que ocasionan los productos y servicios deficientes, la corrupción altera el funcionamiento de los mercados, frena el desarrollo y socava la confianza en los gobiernos y las empresas. Del mismo modo, los países que no gestionan de forma eficaz los conflictos de interés, las actividades de cabildeo o lobby y la financiación política son especialmente vulnerables al riesgo de injerencia extranjera encubierta y a su potencial efecto desestabilizador sobre el sistema democrático.
La corrupción es un fenómeno en constante evolución que exige una adaptación continua, ya que transformaciones globales como la carrera por el acceso a los recursos naturales, los avances tecnológicos y las crisis generan nuevas oportunidades para la corrupción. En este contexto, gobiernos y empresas deben fortalecer la gestión de riesgos e intensificar sus esfuerzos por erradicar las prácticas corruptas.