Una regulación eficaz es una herramienta poderosa para afrontar desafíos, grandes y pequeños. Hoy más que nunca, la regulación es esencial para afrontar el cambio climático y hacer realidad los beneficios de la transición tecnológica, al tiempo que se gestionan riesgos como los asociados a la inteligencia artificial (IA). Disponer de procesos eficaces para diseñar, aplicar y revisar las regulaciones es fundamental para garantizar que las políticas regulatorias alcancen sus objetivos, generando los mayores beneficios posibles y reduciendo al mínimo los costos para la sociedad.
Sin embargo, muchos gobiernos no logran alcanzar sus objetivos porque sus políticas no despliegan todo su potencial. Por ejemplo, reformas elaboradas a partir de procesos de consulta deficientes han generado cargas innecesarias que han provocado protestas y descontento entre el electorado; regulaciones digitales mal diseñadas han frenado la innovación sin proteger adecuadamente a los consumidores; y la consecución de los objetivos ambientales se ha visto obstaculizada por regulaciones excesivamente complejas o por normativas vigentes que ya no responden a los objetivos actuales de política pública.