La integridad es un activo estratégico para gobiernos y empresas. Los sistemas de integridad pública bien diseñados y aplicados eficazmente protegen a las democracias de la corrupción, refuerzan la confianza en las instituciones públicas y crean las condiciones necesarias para el crecimiento y la competencia leal. Los países que aprovechan esta ventaja de la integridad están mejor posicionados para atraer inversiones, gestionar los riesgos y responder con credibilidad a las expectativas de los ciudadanos.
Para generar esta ventaja de la integridad, los gobiernos deben permanecer atentos a la amenaza cambiante que supone la corrupción. La corrupción perjudica el crecimiento económico al disminuir los niveles de inversión extranjera directa. La opinión, ya desfasada, de que la corrupción "engrasa las ruedas" de la economía eludiendo normativas ineficientes tiene poco respaldo empírico. Más bien, la evidencia demuestra que la corrupción ahoga la innovación y la inversión, añade costes e ineficiencia y desvía los recursos de su uso previsto, sobre todo en países con una gobernanza de baja calidad (U4, 2017[1]; Damijan, 2023[2]; United States Trade Representative, 2025[3]). La integridad es rentable, ya que las empresas prefieren invertir en entornos políticos y normativos estables y previsibles. Un terreno de juego desigual añade incertidumbre y costes potenciales, ahoga el emprendimiento y distorsiona la competencia. Las empresas de todo el mundo consideran que la corrupción es un desafío significativo, ya que una de cada cuatro la señala como "un obstáculo importante o muy grave", según las encuestas a empresas del Banco Mundial (The World Bank, n.d.[4]). En la Unión Europea, más de tres cuartas partes piensan que los vínculos demasiado estrechos entre las empresas y la política conducen a la corrupción (77 %); y aproximadamente dos tercios, que el favoritismo y la corrupción socavan la competencia empresarial (65 %) (European Union, 2025[5]).
En cuanto a los gastos, los sistemas de integridad débiles generan pérdidas fiscales sustanciales. Los países pierden una parte significativa de su PIB debido al fraude, la corrupción y el despilfarro. Se estima que las organizaciones públicas, privadas y sin ánimo de lucro pierden cada año el 5 % de sus ingresos debido al fraude ocupacional en todo el mundo (aproximadamente 5 billones de dólares estadounidenses en pérdidas) y entre el 8 % y el 25 % de la inversión pública mundial puede perderse debido a la mala gestión y fraude en las operaciones de contratación (Association of Certified Fraud Examiners (ACFE), 2024[6]; Fazekas, Sberna and Vannucci, 2022[7]). Esta pérdida se produce tanto en la recaudación de impuestos (el FMI calcula que los países con el mismo nivel de desarrollo económico, pero con menores niveles de corrupción recaudan en torno a un 4 % más de su PIB en impuestos) como en la prestación de servicios. En varios países, el fraude se ha convertido en el tipo de delito más frecuente y de más rápido crecimiento en los últimos años. Además, están surgiendo redes de crimen organizado cada vez más poderosas y transnacionales, que utilizan la corrupción como herramienta para desviar recursos públicos de su uso previsto, centrándose en la contratación pública, las subvenciones, la concesión de licencias y los procesos de planificación. Los avances tecnológicos, incluida la inteligencia artificial, son utilizados cada vez más por particulares y organizaciones delictivas para cometer fraudes y aumentar la eficiencia de sus propias operaciones a costa del erario público.
La corrupción también distorsiona las políticas públicas, aumenta las desigualdades y erosiona la confianza pública. Según la encuesta de la OCDE sobre los determinantes de la confianza en las instituciones públicas, el número de personas con poca o ninguna confianza en el gobierno nacional supera actualmente al de quienes afirman tener confianza. Equilibrar los intereses de los distintos grupos de la sociedad en aras del interés público es una de las tareas más importantes de los parlamentos y los gobiernos, y una de las mejores medidas para aumentar la confianza en los gobiernos nacionales y las instituciones legislativas, junto con la mejora de los mecanismos de controles y equilibrios dentro de las instituciones y una toma de decisiones transparente y verificable. Sin embargo, menos de una de cada tres personas considera probable que el gobierno rechazase las exigencias de una empresa incluso si estas van en contra del interés público. Y casi la mitad duda de que un alto cargo político se negaría a conceder un favor político a cambio de un empleo bien remunerado en el sector privado (OECD, 2024[8]). Estas tendencias coinciden con una disminución del compromiso con la política y un creciente escepticismo sobre la capacidad de los gobiernos para abordar de forma fiable los desafíos de la sociedad.
En resumen, los ciudadanos y las empresas quieren que los gobiernos defiendan y prioricen la integridad. Los gobiernos deben adoptar medidas audaces e invertir en reformas de la integridad basadas en el riesgo y orientadas a los resultados que aborden los desafíos planteados por los inversores, los consumidores y los votantes, utilizar las nuevas tecnologías para lograr un mayor impacto, ser capaces de mostrar los beneficios y trabajar juntos en distintas jurisdicciones. Sin embargo, la acumulación de procesos de gobernanza pesados e ineficientes, así como su aplicación a menudo rígida, han hecho mella en la capacidad y la eficiencia del gobierno para llevar a cabo las reformas. Los enfoques de la integridad pública basados excesivamente en normas y en procesos están anticuados, ya que introducen demasiados controles y poco equilibrio en la actividad del gobierno. Por el contrario, al igual que en otros ámbitos políticos, los gobiernos deben seguir adaptando sus marcos de integridad para garantizar que sean eficientes, estén bien orientados y aporten valor añadido a las empresas y los ciudadanos.
Para las empresas, aunque el cumplimiento sigue siendo una obligación legal y ética, las funciones de cumplimiento deben demostrar cada vez más cómo su actividad contribuye a los objetivos empresariales, más allá de evitar sanciones o daños a su reputación. Los nuevos modelos permiten a las empresas evaluar el "rendimiento del cumplimiento", y un cumplimiento eficaz y eficiente puede explicar entre el 15 % y el 18 % de la variación de los resultados empresariales (OECD, 2025[9]). Las empresas deben perseguir este cambio de visión de la integridad como una capacidad estratégica, integrada en la toma de decisiones y adaptable al cambio empresarial, al tiempo que refuerzan la importancia de sentar unas pautas firmes desde arriba para legitimar y sostener los esfuerzos de cumplimiento.
Al adoptar este enfoque, los gobiernos y las empresas pueden beneficiarse de la "ventaja de la integridad", en la que los marcos de integridad se convierten en un facilitador clave de economías prósperas y sociedades dignas en las que las personas se sienten conectadas con sus representantes.