La informalidad laboral está muy extendida, tanto en los países de la OCDE como en los que no pertenecen a ella, aunque con intensidades distintas. A nivel mundial, casi el 60 % de los trabajadores no cuenta con las protecciones propias del empleo formal, pero las diferencias entre países son considerables. En la mayoría de los países de altos ingresos la informalidad es relativamente baja; aun así, cerca del 12 % del trabajo en la Unión Europea no se declara, y en países como Turquía, Corea y Chile más de una cuarta parte de los trabajadores se encuentra en un empleo informal. En las economías emergentes y en desarrollo, el empleo informal es mucho más frecuente: representa más de la mitad del empleo en Colombia, México y Tailandia, y supera el 70 % en países como Egipto, Marruecos, Perú e Indonesia. Estos niveles elevados de informalidad afectan a la productividad, la calidad del empleo y los sistemas de protección social, y pueden convertirse en un obstáculo para la competencia justa.
Si bien las actividades económicas informales proporcionan medios de subsistencia a muchas personas, también refuerzan las barreras de acceso al empleo formal y a otras oportunidades económicas. Los trabajadores en situación de vulnerabilidad suelen recurrir al trabajo informal como la única forma, o la forma más accesible, de ganarse la vida y sostener los ingresos del hogar. Para algunas personas, la informalidad ofrece la autonomía necesaria para compatibilizar el trabajo remunerado con responsabilidades familiares u otras obligaciones, aunque ello suponga menores niveles de seguridad e ingresos. En el caso de los trabajadores por cuenta propia, las empresas familiares y los micro-emprendedores, la informalidad puede representar una vía hacia el autoempleo y una forma de participar en los mercados laborales locales. Muchas empresas informales operan a pequeña escala o desde el hogar y desempeñan un papel importante en la provisión de bienes y servicios dentro de sus comunidades.
La informalidad también está estrechamente vinculada a las dinámicas de las economías y comunidades locales. Suele concentrarse en determinados territorios y sectores, como las zonas rurales, las áreas urbanas periféricas, la agricultura, la construcción y el comercio minorista de pequeña escala. Dado que los factores que sostienen la informalidad suelen ser de carácter local, las acciones a nivel local resultan clave para abordarla. Las autoridades locales, como regiones y municipios, los servicios de empleo, las asociaciones empresariales, las instituciones de microfinanzas y Fintech, así como las entidades de la economía social pueden interactuar directamente con los trabajadores y las empresas informales, generar confianza y diseñar respuestas integradas. Reforzar las capacidades locales en este ámbito puede hacer que las políticas sean más eficaces y contribuir a comunidades más inclusivas y resilientes.