Conferencia Magistral Conmemorativa de Jesus Silva Herzog

 

Palabras de Angel Gurria

Secretario General de la OCDE

28 de mayo del 2020

 

 

Señoras y Señores, buenos días,


Quiero agradecerle a Jesús Silva-Herzog Márquez y a Francis Suárez Dávila, así como a los demás miembros del Foro, la invitación para impartir esta Conferencia.


Jesús Silva-Herzog Flores fue un funcionario ejemplar, un estadista, un estupendo jefe, un mentor, un amigo y una de las influencias más importantes en mi carrera profesional. Compartíamos además la misma fecha de cumpleaños el 8 de mayo, en la que siempre nos invitaba a comer tortas para celebrar.


2020 será uno de los años más desafiantes de la historia. La crisis del COVID-19 nos obliga a cambiar nuestra forma de pensar, de decidir, de actuar, de gobernar.


Tenemos frente a nosotros un desafío multidimensional: sanitario, económico, social, empresarial, digital, de gobernabilidad. Un desafío que está poniendo a prueba a nuestros gobiernos y a nuestras sociedades.

 

Empecemos con el contexto; con el panorama económico mundial.

En 2019, la economía mundial ya se encontraba en proceso de desaceleración, producto de las tensiones comerciales (sobre todo entre China y Estados Unidos), que causaron incertidumbre e inhibieron las inversiones; tanto las domésticas, como los flujos de inversión extranjera directa. La incertidumbre es el peor enemigo del crecimiento. Por todo ello, bajamos nuestras previsiones de crecimiento para 2020 del 4% al 3%.


Por otro lado, a principios de marzo de 2020, ya se comenzaban a vislumbrar los impactos del COVID-19 en algunos países, sobre todo en Asia. Nuevamente, tuvimos que revisar a la baja nuestro pronóstico de crecimiento mundial para 2020, del 3% que habíamos estimado apenas en noviembre de 2019, a un 2.4%. Para 2021, estimábamos que el crecimiento promedio mundial iba a mejorar, acercándose a un 3.3%. Esa era nuestra perspectiva hace menos de tres meses, compartida por todos los analistas.


Súbitamente, todo cambió. La crisis del COVID-19 se convirtió en una pandemia de proporciones globales, a una velocidad impresionante, con un costo enorme en términos humanos y un impacto brutal en las economías. La velocidad del contagio de país a país y dentro de los países fue tan rápida que los gobiernos se vieron obligados a introducir medidas sin precedentes para contener la epidemia: se cerraron los negocios, las escuelas, las fronteras. Se apagaron los principales motores de la economía mundial. El comercio; las inversiones; el turismo; los servicios.


La OCDE acaba de publicar un estudio cuyo título refleja la gravedad del impacto: “Coronavirus: La Economía Mundial en Caída Libre”. En abril pasado, estimamos que el impacto negativo sobre el crecimiento anual del PIB sería de 2 puntos porcentuales por cada mes de confinamiento. Hoy ese cálculo parece benigno.


Publicaremos nuestras “Perspectivas Económicas” el 10 de junio próximo, pero es claro que, en 2020, la economía mundial sufrirá una contracción mucho peor que la sufrida durante la crisis del 2008-09. Y es que ahora prácticamente todas las economías se ven afectadas por el “apagón” de los comercios, el desempleo masivo, la caída de la demanda, el desplome de la confianza de los consumidores, el parón de las inversiones, la inestabilidad financiera, y la disrupción de las cadenas mundiales de proveeduría.


Una de las grandes preocupaciones que hemos expresado, es el impacto que el COVID-19 puede tener en las economías emergentes y en los países en vías de desarrollo, dadas sus múltiples vulnerabilidades y una rápida acumulación de deuda externa.


El panorama mundial se deterioró drásticamente en pocos días. Ninguno de los organismos internacionales contemplábamos la posibilidad de una crisis de esta magnitud. Ninguno de los gobiernos había enfrentado jamás una crisis de esta gravedad y complejidad.


Desde el inicio de la crisis, la OCDE ha estado produciendo análisis, comparaciones, estimaciones estadísticas, escenarios, perfiles de países, y recomendaciones de políticas en una amplia gama de sectores. Todo esto lo hemos puesto a disposición del público en una “Plataforma Digital para Enfrentar el Coronavirus”. Este Digital Hub, ya cuenta con casi 100 trabajos sobre cómo responder al COVID-19, y ya ha recibido más de 250,000 visitas. Los invito a que lo consulten en www.oecd.org/coronavirus/en/.


Elaboramos además un estudio llamado “Consideraciones sobre Políticas Públicas para Enfrentar el COVD-19”, que está a consideración de nuestros países miembros. Además de estas acciones para apoyar a los países en la fase inicial de la crisis, también ayudamos a los gobiernos a diseñar sus estrategias de recuperación.


La dolorosa experiencia por la que atravesamos, sugiere que debemos repensar las intervenciones públicas en las economías de mercado, para integrar mejor la productividad y la eficiencia con los objetivos de inclusión, resiliencia y sustentabilidad. La gente; la economía; el planeta.


Hay que ayudar a los gobiernos a diseñar y construir un nuevo contrato social, tanto con la generación actual, como con las futuras. Nuestras políticas deben centrarse en la reducción de las desigualdades y en hacer frente a las vulnerabilidades de las mayorías: en los sistemas educativos, en los sistemas de salud, en las infraestructuras, ante los riesgos ambientales y en lo referente a sus oportunidades y calidad de trabajo.


Por otro lado, recordemos siempre nuestra más grave responsabilidad inter-generacional: el cambio climático, la biodiversidad, el agua, el aire, los océanos, los corales, los manglares, los bosques y la degradación medioambiental. Conforme reconstruimos nuestras economías, será esencial transformar nuestros patrones de producción y consumo para proteger y preservar el medio ambiente.


Hemos emitido una serie de recomendaciones para ayudar a orientar a los gobiernos en sus estrategias de recuperación. Uno de los mensajes que más he destacado es que el dilema entre atender la salud o la economía es un falso dilema. Hay que ganarle la guerra al virus cuanto antes para atenuar el dolor y las pérdidas humanas. Ello, a su vez, reducirá los costos económicos de la pandemia y permitirá enfocarnos en la reconstrucción.


Otro mensaje importante es que se utilicen todos los estímulos monetarios y fiscales posibles, precisamente para ganarle la guerra al virus cuanto antes. Por otro lado, aunque parezca contradictorio, el peso de la deuda adicional que los gobiernos, las empresas y las familias habrán de adquirir durante la crisis, se nos va a presentar más adelante como un reto a la recuperación. Por esta y otras razones, yo no veo una recuperación tipo “V” sino más bien una recuperación en forma de “U”, que será más prolongada, sobre todo si hay una segunda ola del fenómeno.

 

¿Cómo vemos a México?

La pandemia del COVID-19 alcanzó a Mexico en un momento complicado. La economía nacional venía padeciendo los efectos de una contracción en 2019, producto del declive de la inversión, de la incertidumbre sobre el TLC II durante una parte del año, eventos coyunturales externos, una política fiscal prudente, y un subejercicio del presupuesto, típico de un primer año de gobierno. A todo ello se agregaba la necesidad ─ tampoco tema nuevo ni exclusivo de este gobierno ─ de reformas estructurales en áreas claves para el desarrollo, como educación, habilidades y destrezas, competencia, salud, fiscalidad, pensiones, Pemex, estado de derecho, seguridad. Nuestro Panorama Económico de marzo pasado apuntaba hacia un ligero repunte del crecimiento, del 0.7% en 2020 y de 1.4% en 2021. Llegó el Coronavirus y ahora se habla de una contracción de alrededor del 8% en 2020, con una recuperación en 2021, pero que aún dejaría nuestra economía por debajo de diciembre de 2019.


Nuestras estimaciones prevén que México sufrirá una recesión más marcada que otras economías de la región, dado su grado de apertura y su dependencia del comercio y de las inversiones internacionales. Pero además, por el efecto negativo de esta crisis en áreas clave para crecimiento mexicano: el turismo, el sector automotriz, el petróleo y las remesas internacionales.


La magnitud de la recesión dependerá de cómo evolucione la pandemia, tanto en México como en el mundo. Pero también va a depender de las medidas que se están tomando y que se tomen en los próximos meses para enfrentar y superar la crisis.


Permítanme compartir algunas consideraciones para fortalecer la estrategia de México ante la crisis y promover una recuperación incluyente y sustentable.


Primero
, la política macroeconómica. Al igual que lo hacen todos los países, México puede usar su política macroeconómica como un instrumento de protección social e inclusión. Durante la primera fase de la crisis, es crucial proveer de suficiente apoyo a los ingresos de los hogares, las empresas y las regiones (los estados) más vulnerables, así como ofrecer estímulos a la actividad económica a través de instrumentos de política monetaria, fiscal y crediticia.


Esta crisis debe llevar a México a hacer un esfuerzo extra para aumentar la recaudación, sin ahogar la actividad empresarial. La recaudación en México sigue siendo la más baja de la OCDE, representando el 16% del PIB, en contraste con un promedio de la OCDE de 34%. Es un buen momento para revisar y corregir las múltiples exenciones del sistema tributario, que tienen un carácter regresivo, además de fortalecer la administración tributaria para luchar contra la evasión. Es la mejor inversión. En este contexto, el intercambio automático de información sobre cuentas bancarias en el exterior cobra gran importancia. Gracias al trabajo de la OCDE, al día de hoy, más de 50 millones de cuentas bancarias, con valor de más de 5 billones de euros (en español) o 5 trillones de euros (en inglés) (25% de la economía americana), están ya en los escritorios de los jefes de impuestos de alrededor de 100 países. Con nombres y apellidos. País por país. En América Latina, tan solo en 2019, los gobiernos han recibido información sobre más de 1.3 millones de cuentas bancarias en el exterior, de sus ciudadanos, con valor de 810 mil millones de euros. Gracias a esta agenda de transparencia, a fines de 2019, los gobiernos de la región ya habían logrado identificar cerca de 23 mil millones de euros de impuestos no declarados, mismos que están en proceso de recuperación. México es parte de este esfuerzo. El SAT ya tiene una lista de los ciudadanos mexicanos con cuentas en el exterior. También será crucial enfrentar los desafíos impositivos de la creciente digitalización de la economía, en lo cual México participa activamente.


Segundo
, fortalecer la política financiera. México ha tomado medidas para proveer liquidez adicional, tanto en pesos como en dólares, y ayudar a que el flujo del crédito permanezca abierto durante la pandemia. De acuerdo con estimaciones del banco central, las medidas tomadas equivalen a más de un 3% del PIB. El Banco de México recortó sus tasas de interés en 275 puntos básicos y es posible que haga más recortes en las próximas semanas. Estas medidas son fundamentales para evitar que la crisis sanitaria se convierta en una crisis financiera, lo que acentuaría aún más la desaceleración de la economía.


Tercero
, fortalecer el sistema de salud. El COVID-19 ha revelado la importancia de contar con sistemas de salud fuertes, eficaces y sostenibles. México ha tomado medidas para fortalecer la capacidad de respuesta de su sistema de salud. Sin embargo, habría que redoblar esfuerzos y dedicar más presupuesto al desarrollo de un mayor número de profesionales de la salud; de una reserva de insumos y materiales estratégicos; de un número mínimo de camas para cuidados intensivos; y capacidades de laboratorio para responder a nuevos patógenos. También se requieren nuevas infraestructuras y equipamiento hospitalario, así como fortalecer los sistemas de información de salud ─ aprovechando las tecnologías digitales ─ y, por supuesto, seguir aumentando la cobertura y la calidad de los servicios de salud. Todo esto requiere de un aumento del gasto público en salud, hoy uno de los más bajos de la OCDE (5.5% del PIB, en contraste con un promedio de 9% en la OCDE).


Cuarto, reestructurar nuestras economías para enfrentar el cambio climático y proteger el medio ambiente, la biodiversidad y la salud. Esta crisis nos ha revelado los fuertes vínculos entre la salud del medio ambiente y la salud del ser humano. Mexico tiene que escuchar este llamado de alerta y aprovechar el momento para dar pasos firmes en el proceso de descarbonización de su economía y acelerar su transición hacia las energías renovables. Hay que aprovechar el gran potencial que posee el país en materia de energías renovables, su diversidad biológica y la variedad de sistemas productivos sostenibles en los sectores agropecuario, forestal, turístico y pesquero.


Quinto, fortalecer los sistemas de protección social y de bienestar entre la población más vulnerable. Este es un reto fundamental para México, donde la mayoría de los trabajadores operan en la informalidad y cerca de 35% de la población vive en condiciones de hacinamiento (frente a la media de la OCDE de cerca de 12%). México necesita fortalecer sus sistemas de protección y bienestar social y reducir la informalidad. Para ello tiene que aumentar el gasto social (el más bajo de la OCDE, con cerca del 8% del PIB – en contraste con un promedio de la OCDE de 20%), y seguir construyendo un sistema educativo que dote a los estudiantes de las competencias, habilidades y destrezas necesarias para hacerle frente al mercado laboral de hoy y de mañana. Y habrá además que abordar al elefante debajo de la mesa: el sistema de pensiones del país.


Sexto, fortalecer los apoyos a las empresas, en especial a las PYMES. México ya ha tomado algunas medidas para que fluya el crédito y para que las empresas no se ahoguen durante el tiempo en que están sin ingresos. Pero se debe hacer más. Hay que avanzar en la simplificación y homogenización de las regulaciones empresariales; programar recortes de horas de trabajo; y posponer los pagos de impuestos, seguridad social, renta, deuda y utilidades. También va a ser crucial diseñar programas de apoyo a los sectores de servicios más afectados por el COVID-19 ─ incluyendo el turismo, la hotelería, el transporte aéreo, el entretenimiento, la restauración, las PYMES ─ para ayudarlos a replantear sus modelos de negocios.


Séptimo, propiciar el uso de las tecnologías digitales para vigorizar el crecimiento y facilitar los desafíos de la post crisis. A pesar de sus avances, México sigue teniendo el nivel más bajo de conectividad de la OCDE, con solo 64% de la población conectada a Internet y cerca de un 40% de los adultos con un nivel muy bajo de habilidades digítales. Hay que invertir en el mejoramiento de las competencias digitales de los ciudadanos. Pero también se requieren medidas para fortalecer el marco impositivo, la infraestructura, la conectividad, la difusión tecnológica, la privacidad y la seguridad digitales.


Octavo, fortalecer el apoyo a la ciencia, la tecnología y la innovación. México es el país de la OCDE que menos invierte en ciencia y tecnología: en 2018 México dedicó solo un 0.3% del PIB a la Investigación y el Desarrollo, contra un promedio de la OCDE de 2.4% (ocho veces más). El COVID-19 confirma que esto debe cambiar. México tiene que mejorar la asignación de financiamiento público y privado a la investigación; el financiamiento a la innovación y el desarrollo de proyectos prometedores; la cooperación multilateral en ciencia e innovación; la generación y gestión de información y datos; y el intercambio de soluciones innovadoras entre países y empresas.


Noveno, fortalecer la capacidad de respuesta de nuestros sistemas educativos y de formación de competencias, habilidades y destrezas. Sabemos que los desafíos de México en el terreno educativo son enormes. Las pruebas PISA lo confirman. La crisis del COVID-19 ha revelado otras limitaciones de nuestro sistema de educación. Entre otros aspectos, México tiene que mejorar mucho en la educación a distancia, tanto en la cobertura (solo el 45% de la población mayor de 6 años usa computadora ), como en la calidad de la enseñanza. También, como dije antes, hay que mejorar las competencias, destrezas y habilidades digitales de la población. Y por supuesto, se tiene que seguir avanzando en la preparación de los profesores, mejorando sus perspectivas de carrera, invirtiendo en la puesta al día del currículo y utilizando la evaluación de desempeño profesional como un instrumento clave para la superación de los docentes.


Décimo, fortalecer las capacidades del Estado. Ante esta crisis, México tiene que fortalecer sus instrumentos de anticipación, previsión y evaluación nacional de riesgos, así como la estrategia nacional de digitalización. También tiene que mejorar la coordinación y la coherencia de sus políticas entre los distintos niveles de gobierno, así como la capacidad de monitoreo y evaluación de los resultados. México tiene que invertir en mejorar las capacidades de su gobierno en todos los niveles. El COVID-19 ha resaltado la importancia de contar con funcionarios públicos profesionales e instituciones fuertes y competentes. El Estado mexicano también tiene que avanzar hacia un modelo fiscal más “normal” y más moderno, que dependa menos del petróleo y que cuente con los recursos suficientes para abastecer a toda nuestra población de servicios públicos de calidad.


Finalmente, México tiene que asegurarse de que la estrategia de desconfinamiento esté basada en la ciencia, la evidencia y las mejores prácticas, para facilitar una reactivación gradual de las actividades en un contexto de cohabitación con el COVID-19, hasta que una vacuna esté disponible. La OCDE recomienda una aproximación por cuatro vías: 1) un programa TTT (por sus siglas en inglés = Testing-Tracking-Tracing) de Pruebas, Identificación y Rastreo; 2) pruebas serológicas; 3) el incremento de la capacidad para enfrentar la pandemia, tanto hoy como en caso de recurrencia; y 4) un levantamiento gradual de las restricciones, apoyado en los tres elementos anteriores.


Señoras y señores:

En los años ochenta, Jesús Silva-Herzog me enseñó que hay algo más costoso y trágico para una nación que una grave crisis, y es el desperdiciar esa crisis como oportunidad para mejorar. México ha renacido varias veces de sus grandes crisis. Y esta no debe ser la excepción. Un México nuevo, fortalecido, puede brotar de esta crisis del Coronavirus, si hacemos lo necesario.


Se necesitará un esfuerzo sin precedentes de planificación e implementación; de conocimiento técnico y participación social; de ciencia y política; de liderazgo y unidad; de comunicación y transparencia. Y, por supuesto, de instituciones fuertes y políticas públicas de alta calidad, basadas en la evidencia científica y en las experiencias internacionales.


La OCDE está lista para seguir apoyando a México para enfrentar esta crisis y construir el país más próspero, más justo y más sustentable al que aspiramos todos los mexicanos. Cuenten con nosotros. Muchas gracias.

 

 

 

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