Secrétaire général

Una ambiciosa visión de México en un mundo convulso

 

Palabras de Angel Gurría, Secretario General de la OCDE, pronunciado en el Club de Industriales, México, el 27 de agosto de 2012

(Texto preparado para la entrega)
 

Estimados Empresarios, distinguidos invitados, Amigos,  
Señoras y Señores,

Me da mucho gusto reunirme con ustedes para hablar de las perspectivas económicas de México en estos tiempos turbulentos para la economía global. Agradezco al Club de Industriales y a su director, Don Pepe Carral, la invitación.

Llevamos ya cinco años inmersos en la peor crisis económica y financiera de nuestras vidas. La mayoría de los países de la OCDE enfrenta una deuda pública creciente –insostenible en algunos casos-, un crecimiento lento o incluso negativo, niveles record de desempleo, sistemas bancarios frágiles y una creciente desigualdad.

Afortunadamente, no es el caso de México. El reto de nuestro país es diferente, pero no menos importante: ante un débil entorno internacional, el dinamismo económico de México deberá provenir fundamentalmente de fuentes internas. Por lo tanto, es hora de que México libere su potencial de crecimiento y acelere el proceso de convergencia con los niveles de vida de los países de la OCDE.

La perspectiva económica global sigue siendo pesimista.

La perspectiva económica global se ha deteriorado desde que presentamos nuestras tradicionales “Perspectivas Económicas” en mayo pasado (ver gráfica 1). Tanto los países de la OCDE como las principales economías emergentes han disminuido su ritmo de crecimiento. Algunos llevan ya dos o tres trimestres de crecimiento negativo.

Nuevamente se debilita la confianza de las empresas, los hogares y los mercados financieros, a la par que aumentan los costos sociales de la crisis. Por otro lado,  aún sigue pendiente la reducción de algunos de los desequilibrios en la economía global que ayudaron a generar la crisis. Finalmente, habría que enfatizar que persisten importantes riesgos a la baja que podrían exacerbar las cosas (mercado inmobiliario, precios del petróleo y de los alimentos, elecciones, etc.).

En los Estados Unidos, el crecimiento disminuyó a 1.5% en el segundo trimestre y la confianza del consumidor sigue a la baja. Si bien ha habido algunas buenas noticias recientemente en relación a la creación de empleos, la tasa de desempleo ha repuntado y el desempleo de largo plazo está en un nivel record. La recuperación ha sido más lenta y difícil de lo que se preveía. Lo más probable es que el déficit fiscal sea superior al 8% del PIB este año y Estados Unidos aún no vislumbra una salida al “precipicio fiscal” para 2013 que, de no resolverse, según fuentes oficiales (CBO) de los propios Estados Unidos, pondría al país en recesión en 2013.

En Japón, la reconstrucción de los daños del Gran Terremoto del año pasado ha dado un impulso al crecimiento. Sin embargo, el déficit presupuestario sigue siendo de alrededor del 10% del PIB cuando su deuda pública acumulada supera el 200% del PIB y la deflación continúa. Se acaba de aprobar un grupo de leyes, que entre otras cosas, duplican el IVA de 5 a 10%, pero parece haber sido a cambio de una convocatoria a nuevas elecciones, que resultarían en el 7º gobierno en 6 años.

Los grandes países emergentes se desaceleran (ver gráfica 2). China creció sólo 7.5% anual (YoY) en el segundo trimestre de 2012, mientras que India y Brasil lo hicieron solo en 5.2% y  0.9% respectivamente, en el 1er trimestre de 2012. (Para Brasil, se espera que la cifra del segundo semestre sea positiva pero cercana a cero, pues el indicador mensual del banco central, que es una buena referencia del PIB, registró 0.2% anual en mayo).

Resolver la crisis del Euro – una prioridad

Sin embargo, el epicentro de las preocupaciones sigue siendo la zona euro (ver gráfica 3). Con algunas diferencias nacionales, el crecimiento sigue a la baja y el desempleo al alza (11.2% en junio), particularmente entre los jóvenes, en donde supera el 20 por ciento en promedio, con algunos países que alcanzan el 50 por ciento. La desigualdad de ingresos, sigue en aumento, poniendo mayor presión sobre las finanzas públicas, alimentando la crisis de confianza y amenazando la estabilidad política.

Se trata de un coctel explosivo: bajo o nulo crecimiento, alto desempleo, sobre todo entre los jóvenes, y una desigualdad creciente de los ingresos. El resultado: la primavera árabe, Tahir Square, la Plaza del Sol y los indignados, Occupy Wall Street, Toronto, Roma, Tel Aviv, etc. Durante la crisis, 18 de los 34 países de la OCDE han cambiado de gobierno, casi todos con alternancia del partido político en el poder.

Por otro lado, la posibilidad de un nuevo descalabro de los sistemas financieros europeos, o de alguno o algunos de ellos, no han desaparecido. De producirse, nos afectaría a todos, incluyendo a México a través de su intercambio comercial con Europa y de manera indirecta a través de los Estados Unidos.

Ese escenario es evitable en la medida en que Europa movilice sus recursos financieros, institucionales y políticos y logre apagar los incendios inmediatos asociados con la crisis bancaria y de deuda soberana. La prioridad de corto plazo es fortalecer los sistemas financieros de las economías más vulnerables. La acción del Banco Central Europeo, que operó una inyección masiva (un trillón de euros) de fondeo a los bancos (a 3 años y a tasa del 1%), señaló la determinación por preservar la zona del euro y estabilizar sus mercados financieros.

Pero eso no es suficiente: el BCE necesitaría ahora utilizar su considerable capacidad de maniobra para reducir y estabilizar los rendimientos de la deuda soberana de países que “hacen su tarea” pero que siguen bajo presión de los mercados, como España e Italia. Además del balance del BCE, los gobiernos de la zona del euro deben hacer su parte, utilizando su llamado “parafuegos” (firewall) para poner fin a la crisis de corto plazo y allanar el camino para el apoyo del BCE, en los mercados de bonos.

Los países europeos también necesitan convencer a los mercados de que pueden construir juntos una visión estable de largo plazo. La firma del Pacto Fiscal es un paso importante en esta dirección. El siguiente paso es la construcción de una unión bancaria, para la cual se deben tomar medidas de forma inmediata en materia de regulación y supervisión. Adicionalmente, Europa requiere de la implementación de reformas ambiciosas, largamente esperadas, que aborden problemáticas profundas que están entre las causas de la crisis (ver gráfica 4). En algunos de los países, estas reformas ya han comenzado. Su continuidad es clave para romper el círculo vicioso que merma la confianza y atenta contra el crecimiento.

Esto no solo es cierto para Europa. Como lo puntualicé en mi mensaje a los Líderes del G20 en Los Cabos, todos se beneficiarían de una respuesta estructural (educación, innovación, competencia, regulación, descentralización, liberalización de los mercados laborales y de productos, I+D, salud, impuestos, infraestructura, etc.) y de una respuesta social (para enfrentar los temas de desempleo y desigualdad). Dado que el margen de las políticas macroeconómicas (tasas de interés y gasto público) está prácticamente agotado, las reformas estructurales son ahora la mejor y en algunos países quizá la única manera de promover el crecimiento.

Con frecuencia se afirma que muchas de estas reformas estructurales sólo ofrecen beneficios en el mediano plazo. Esa idea es errónea. Nuestros análisis muestran que sí las reformas estructurales se diseñan, se implementan, se comunican y se combinan de manera adecuada, pueden dar resultados mucho más rápido y a costos más bajos de lo que generalmente se espera.

No hay cabida para la autocomplacencia

A primera vista, el panorama en México es relativamente alentador (ver gráfica 5). La OCDE estima que el crecimiento del país superará el 3½ por ciento este año. La situación fiscal es sólida, con un déficit modesto y a la baja, una deuda pública total manejable y estable, un sistema financiero bien capitalizado, bien regulado y bien supervisado, con flujos importantes de IED, con una tasa de desempleo de las más bajas de la OCDE y con una inflación bajo control.

Los datos recientes de crecimiento en el segundo trimestre del año, confirman el buen desempeño de la economía Mexicana, que creció 4.1 por ciento con respecto al mismo período del año anterior. Este dato es particularmente destacado ante el decepcionante panorama global, la situación en Europa, las expectativas de desaceleración en la actividad industrial de los Estados Unidos y “el contagio” que ya afecta a las principales economías emergentes.

Además, la economía mexicana ha dado muestras de que la demanda interna y la inversión comienzan a jugar un papel más importante en el crecimiento, tradicionalmente dominado por el sector exportador. Esto en parte tiene que ver con un mayor impulso del gasto del sector público a nivel federal, estatal y municipal, a partir de la crisis y en el contexto de un año electoral, pero también es sustentado en buenos resultados en la creación de empleos formales, las ventas al menudeo, la expansión del crédito bancario y la confianza del consumidor.

Sin embargo, la estabilidad macroeconómica es un requisito necesario pero no suficiente para lograr un desarrollo sostenido e incluyente. México enfrenta grandes desafíos que debe atender cuanto antes. Este no es momento para la autocomplacencia.

En primer lugar, mientras que las tasas de crecimiento en México se encuentran hoy por encima de la media de la OCDE, son insuficientes aún para reducir la brecha de PIB per cápita con las economías avanzadas y reducir la pobreza y la desigualdad generalizadas. El PIB per cápita de México es de los más bajos la OCDE (y dependiendo cómo se mida, en algunos casos, el más bajo de la OCDE) y su baja productividad no le ha permitido elevarlo sustancialmente (como si lo han hecho, España, Irlanda, Corea y China durante las últimas tres décadas, ver gráfica 6).

Además, México es el segundo país más desigual en la OCDE después de Chile. Aun cuando México tiene uno de los programas de reducción de pobreza más innovadores y exitosos en el mundo, cerca de la mitad de la población mexicana, (50 millones de personas) vive en pobreza moderada o extrema.

En segundo lugar, al ser una de las economías más abiertas del mundo y dada su estrecha integración comercial con los Estados Unidos, México muestra una mayor vulnerabilidad ante las desaceleraciones globales. Ya en el 2009, recordemos, la economía mexicana sufrió un impacto considerable por esta vía. Esto implica que para sostener el crecimiento, México debe tomar las medidas necesarias para atemperar los choques externos y fortalecer las fuentes internas de crecimiento y de competitividad.

Por último, México se enfrenta a la competencia de otras economías emergentes, como Brasil, China, India y Rusia, intensivas en mano de obra y cada vez más integradas a la economía mundial. Sin embargo, el hecho de que estas economías también estén perdiendo fuerza y de que tengan que atender sus propios desequilibrios, abre una ventana de oportunidad para México y para la nueva administración que comenzará en diciembre.

México tiene muchas fortalezas que puede aprovechar para apuntalar el crecimiento: además de su situación macroeconómica sólida, tiene abundantes recursos naturales, una población joven y dinámica, un alto grado de apertura comercial, y la ventaja de compartir una extensa frontera con la mayor economía del mundo. No obstante, aún persisten importantes cuellos de botella que le han impedido aprovechar al máximo sus grandes activos y elevar su productividad. Esta baja productividad es la principal causa de la brecha de ingresos entre México y los países de la OCDE (ver gráfica 7).

Si bien la productividad laboral se ha incrementado desde la mitad de la década de los 90s, su crecimiento ha sido de alrededor de la mitad del promedio de la OCDE. Más aún, el crecimiento de la  productividad multifactorial, que captura la eficiencia en el uso de todos los recursos (capital, trabajo y otros insumos) ha sido negativo en los últimos años mientras que en otras economías emergentes, ha sido el principal impulsor del crecimiento (ver gráficas 8 y 9).

Aumentar el crecimiento de la productividad

El crecimiento promedio del PIB real de 1996 a 2011 –últimos 15 años- ha sido de 2.8%, y en términos per cápita 1.4%, periodo durante el cual la contribución de la productividad al crecimiento ha sido en promedio -1.4%

¿Qué puede hacer México para elevar la productividad? Una vez más, una respuesta estructural y una respuesta social. Es necesario realizar reformas en ambos frentes para que sus efectos se refuercen mutuamente y liberen el potencial de crecimiento de México. La OCDE estima que un programa moderado de reformas, podría elevar (a cerca de 4%, en contraste con un 3% actual) el crecimiento potencial de México (ver gráfica 10).

Desafortunadamente, las agendas más ambiciosas de reforma se han frustrado una y otra vez por los intereses creados en la mayoría de las áreas, incluyendo el mercado laboral, la educación o las industrias de red, por mencionar solo algunos. Por lo tanto el primer desafío es cambiar la estructura de los incentivos económicos a fin de promover la competencia, la apertura, y la productividad. Esto requiere de acuerdos políticos de gran alcance que pongan fin a las prácticas monopólicas, al dominio de los poderes fácticos y que permitan que las reformas no solo sucedan y se legislen, sino que además rindan los frutos previstos.

En el pasado se han perdido muchas oportunidades. La pobreza que muchos mexicanos enfrentan hoy es resultado de dichas oportunidades perdidas, que nunca aparecen en el balance pero que pertenecen claramente del lado del pasivo. Sin embargo, nunca es demasiado tarde. México se encuentra en una encrucijada y las reformas que sean implementadas – o no – decidirán si México aprovecha la oportunidad histórica de cambiar de liga, de reposicionarse como un destino privilegiado para hacer negocios, de fortalecer su papel y su influencia en los círculos económicos y financieros internacionales, de mejorar el nivel de vida de su población y cerrar la brecha con otros países de la OCDE. Permítanme exponer brevemente algunas de estas reformas clave.

Reformas Clave para la prosperidad de México en el mediano y largo plazos

En primer lugar, a México le urge construir un sistema fiscal robusto, ágil y redistributivo. Las finanzas públicas de México hoy dependen crucialmente de los ingresos del petróleo; son incapaces de amortiguar la volatilidad del PIB y su impacto social. La baja recaudación por impuestos limita el financiamiento de inversiones públicas que promuevan el crecimiento y políticas sociales más sólidas que permitan reducir la pobreza. Por otro lado, su estructura es poco progresiva tanto en impuestos como en transferencias, lo que limita la capacidad del sistema fiscal de hacer contrapeso a la desigualdad (ver gráfica 11). Por lo tanto, México necesita una reforma fiscal que reduzca la dependencia de los ingresos petroleros mediante la ampliación de la base del IVA y el ISR (ver gráfica 12) y la eliminación de subsidios regresivos; que simplifique el régimen tributario, que fortalezca la administración tributaria y aumente la recaudación estatal y municipal. Este último punto es de gran relevancia, pues si bien, los gobiernos subnacionales gastan cerca del 50% del presupuesto, contribuyen con solo 10% de los ingresos.

Segundo, México necesita un mayor y mejor dirigido gasto social. A pesar de los avances en esta materia, el gasto social en México (excluyendo la educación) aún representa menos de un tercio del promedio en los países de la OCDE y es también bajo con relación al PIB per cápita (ver gráfica 13). Por ejemplo, México es el único país de la OCDE sin un sistema de subsidio de desempleo, lo cual contribuye a incrementar la informalidad y la desigualdad. México requiere gastar mejor mediante un proceso presupuestario multianual enfocado en el desempeño y en la eficacia y calidad del gasto en el mediano y largo plazos, mediante mejores mecanismos de adquisiciones públicas y ampliando las iniciativas de transparencia y de gobierno abierto.

Tercero, el crecimiento de la productividad de México está limitado, entre otros factores, por las rigideces institucionales en el mercado laboral. Hace cuatro décadas que no se actualiza a fondo el marco legal. México requiere una nueva ley laboral, más moderna, incluyente y equilibrada, que reduzca los costos de contratación y despido de los trabajadores (sobre todo los de poca antigüedad), facilite el uso de contratos temporales pero con la necesaria protección social, promueva la libertad pero también la transparencia sindical y cree un plan eficaz de protección en caso de desempleo (ver gráfica 14). Los temas de fortalecimiento de la inspección, de las sanciones (incluyendo clausuras), del arbitraje obligatorio, de los salarios caídos, etc. son igualmente importantes. El proyecto de reformas a la legislación laboral cuya discusión se inició en el Congreso entre 2010 y 2011 representa un avance muy útil en esta dirección, que quizá permitiría aprobar un nuevo marco jurídico antes del 1º de diciembre próximo.
 
Cuarto, una fuerza laboral altamente capacitada es uno de los principales impulsores de la productividad y del crecimiento a largo plazo. La educación de calidad y la educación continua en el trabajo también juegan un papel clave en la reducción de las desigualdades sociales. Sin embargo, los resultados de la prueba PISA de la OCDE, ubican a México en el lugar 48 de los 65 países participantes, con la mitad de los estudiantes por debajo del nivel dos, de la prueba, lo que se considera un resultado insuficiente  (Ver gráfica 15). México requiere un sistema educativo de vanguardia, equitativo, con maestros y escuelas de excelencia, resultado de una mejor capacitación inicial y formación continua de los maestros, mejores procesos de selección y asignación de los docentes a las escuelas y un sistema bien diseñado e implementado de evaluación universal. Somos el único país donde todavía se debate la procedencia de la evaluación regular de los docentes y donde dicha evaluación por parte de las autoridades es considerada por el gremio magisterial como un esfuerzo por “doblegarlos” (Ver gráfica 16).

Quinto, entre los países de la OCDE, México muestra resultados muy pobres en innovación y en absorción de tecnología (ver gráfica 17). Esto es un factor determinante de la brecha de  productividad. Deben abordarse las debilidades en el marco legal así como las deficiencias de gobernabilidad para crear un sistema nacional de innovación conectado con las cadenas productivas globales, que promueva la comercialización de la investigación pública y promueva condiciones propicias e incentivos para el desarrollo de la iniciativa empresarial basada en el conocimiento y la innovación.

Sexto, México cuenta con abundantes recursos energéticos y en particular se considera como uno de los países más prometedores para el desarrollo de gas de lutitas o shale gas. En la realidad, sin embargo, ha sido difícil incluso mantener el nivel de producción de petróleo y gas. Es claro que se requiere una reforma energética con una visión intergeneracional, que promueva un consumo y producción eficientes, que contemple mayores niveles de inversión privada en el sector, que permita la extracción de petróleo en aguas profundas y la explotación de yacimientos de shale gas en asociación con el sector privado, así como una mayor promoción y uso de las energías limpias.

Podría comenzarse de inmediato con el desmantelamiento de los subsidios al consumo de combustibles fósiles. (En promedio en 2010, los países de la OCDE recaudaron 1.6% del PIB por concepto de impuestos a los combustibles fósiles, a los vehículos automotores y otros impuestos ambientales, mientras que en México los subsidios a la energía y a la gasolina ascendieron a 0.43% del PIB ese año, ver gráfica 18)

Finalmente, México requiere instituciones que promuevan (y no obstaculicen) la competencia y la certidumbre jurídica, elementos esenciales de la economía de mercado (ver gráfica 19). La falta de competencia y la regulación excesiva han sido una carga para la economía mexicana. El 30% del gasto familiar ocurre en mercados donde la competencia es débil y los precios son 40% más altos de lo que podrían ser si los mercados fueran más competitivos. Esto además, ha contribuido a las grandes disparidades de ingreso, pues las familias más pobres gastan el 42% de su ingreso precisamente en esos mercados. Si bien la reforma a la Ley Federal de Competencia de 2011 fortalece la política antimonopolios, aumenta la transparencia y aporta certidumbre jurídica, debe ser complementada con un sistema eficaz de revisión judicial y en general, con una reforma al sistema de amparo para evitar el actual abuso de este derecho para debilitar o suspender las decisiones de los reguladores y/o de la autoridad de competencia.

La corrupción, las debilidades en el sistema legal y el estado de derecho, no sólo dañan la eficacia de los contratos y la seguridad de los derechos de propiedad, sino que también debilitan la recaudación de impuestos y provocan retrasos en la implementación de las normas de competencia y otras reformas.

Las restricciones a la inversión extranjera directa en las industrias de red, los servicios y la infraestructura aún se encuentran entre las más estrictas de la OCDE (ver gráfica 20). Ello perjudica al comercio y la inversión, y restringe innecesariamente la competencia y la productividad.

Señoras y Señores,

No es la primera vez que hablamos sobre estas prioridades de reforma. Todos sabemos lo que México necesita hacer para cambiar su destino y todos sabemos por qué ello no ha sucedido todavía. En la coyuntura actual, en la que las economías más avanzadas vislumbran varios años de crecimiento lento y los grandes países emergentes tienen que hacer frente a sus propios desequilibrios, México tiene una oportunidad histórica de tomar medidas decisivas para su futuro.

Ahora es el momento de enfocarse en la economía política de las reformas y desafiar y vencer cualquier obstáculo político, institucional o particular que se les interponga. Gran realismo sí, pero ambición todavía mayor, incluyendo la remoción de los obstáculos al crecimiento. La agenda del cambio no puede achicarse ante las restricciones de la realidad de hoy. Hay que ir más allá y considerar como eliminar esas restricciones.

México cuenta con el apoyo de la OCDE para diseñar e implementar mejores políticas para una vida mejor  y hacer que la economía mexicana sea más fuerte, más limpia y más justa.

 

 

 

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