Un mejor lugar, editorial de Donald J. Johnston, publicado en la revista OECD Observer

 

 


Un mejor lugar

Por Donald J. Johnston, Secretario General de la OCDE.

Artículo publicado en la revista OECD Observer, marzo 2006.

Esta será la última nota editorial que escriba para el OECD Observer antes de dejar el cargo de Secretario General en mayo de 2006.  Sin embargo, estas líneas se centrarán en el futuro, más que en recordar el pasado, lo que no significa que debamos ignorar el consejo de John Maynard Keynes en el sentido de que debemos analizar el presente a la luz del pasado, con miras a las metas del futuro.

Sin embargo, estas líneas se centrarán en el futuro, más que en recordar el pasado, lo que no significa que debamos ignorar el consejo de John Maynard Keynes en el sentido de que debemos analizar el presente a la luz del pasado, con miras a las metas del futuro. Es claro que el pasado no siempre nos deja lecciones útiles, como ha sucedido en el caso del reto ambiental sin precedentes que enfrentamos en la actualidad. Y lo califico como un reto sin precedentes porque, aunque se han observado periodos de calentamiento global en el pasado, como lo demuestran los análisis de la corteza de hielo de la Antártica, la intervención del homo sapiens nunca había sido un elemento que contribuyera a este fenómeno.

En la actualidad, difícilmente se encontrará a un científico dedicado al campo de la climatología que no considere el acelerado aumento de las emisiones de dióxido de carbono desde el inicio de la era industrial, hace más de dos siglos, como una de las principales causas del incremento sostenido de CO2 en la atmósfera, que ahora parece haber llegado a más de 380 partes por millón (ppm) y continúa creciendo.

Muchos piensan que nos acercamos a un umbral, tal vez alrededor de las 550 ppm, a partir del cual el calentamiento global será irreversible, ocasionando que los mares se eleven como consecuencia del derretimiento de los glaciares y la expansión termal, causando la erosión de las costas, y, con ello, inundaciones que harán que estas zonas sean inhabitables para millones de pobladores del mundo. En este entorno, las regiones más pobres del planeta serán especialmente vulnerables.

Algunos cultivos florecerán, mientras que otros se marchitarán. Las enfermedades tropicales migrarán hacia climas que antes eran templados. De la misma forma, las personas se verán obligadas a desplazarse para tener acceso a fuentes de agua o para escapar de los crecientes mares. Los patrones climáticos serán aún más erráticos que en la actualidad y pocos se librarán de huracanes, tornados, tormentas de hielo, lluvias monzónicas y sequías. Puede que sea ya demasiado tarde para evitar que parte de esto suceda, pero podemos tomar medidas para desacelerar el proceso y darnos más tiempo para la adaptación.

En marzo, México será anfitrión del Cuarto Foro Mundial del Agua. Yo tuve la oportunidad de asistir al pasado, que se llevó a cabo en Kyoto en 2003. Es posible que no exista tema más importante que el que se tratará en este evento. Después de todo, podemos vivir sin petróleo, pero no sin agua.

En este caso, existe toda una gama de preguntas que requieren ser respondidas. Por un lado, la distribución del agua dulce es muy desigual en el planeta. A medida que la escasez se vuelve más aguda, ¿existe la posibilidad de que observemos migraciones hacia oasis? ¿Será posible que países como Canadá se vean presionados para compartir la abundancia de su riqueza natural? ¿Se logrará que la tecnología genere soluciones como técnicas de desalinización más baratas? ¿Nos veremos atraídos hacia cultivos menos intensivos en el uso de agua? ¿Cómo pueden contribuir las plantas genéticamente modificadas?

En la zona de la OCDE, las inquietudes de inversión han comenzado a tomar el camino de la agenda del agua, en parte como resultado de infraestructuras algo antiguas, prestando una mayor atención al fomento de un uso más eficiente, en especial en la agricultura. Sin embargo, en términos generales, quienes vivimos en zonas con abundante agua tendemos a centrarnos en las implicaciones para la salud. ¿Podemos beber el agua? ¿Deberíamos mejorar el sistema de distribución para que nuestra agua sea segura en el futuro? ¿Se está vigilando atentamente la calidad en función del contenido de nitratos, toxinas y patógenos?

Buena parte del mundo no puede darse el lujo de preocuparse demasiado acerca de la calidad de su agua, sino, más bien, de su disponibilidad. Todo parece indicar que esta inquietud aumentará debido al cambio climático.

Hace poco, en China, tuve el placer de conocer a uno de los miembros directivos de Greenpeace, quien me describió los cambios potenciales que podría sufrir el famoso río Amarillo, que parece que está siendo alimentado por glaciares que se están reduciendo de forma acelerada. Si la tendencia continúa, estos glaciares desaparecerán pronto. Y si desaparecen, también lo hará el río Amarillo que conocemos. ¿Qué pasará entonces? ¿Todos los ríos del mundo que son alimentados por glaciares habrán de tener el mismo destino? Esto presagiaría un levantamiento social de proporciones catastróficas.

¿Crecerán las presiones para desviar el agua que fluye hacia los mares hacia otros fines? Cada día, llegan al Océano Ártico enormes cantidades de agua dulce provenientes de Rusia y Canadá. ¿Deberían desviarse hacia el sur? Si la respuesta es negativa, ¿por qué razón no debe hacerse?

Resta un sinnúmero de retos que aún no hemos comenzado a tratar, tal vez debido a que todavía no estamos listos para aceptar las horrorosas consecuencias del calentamiento global. Mi generación aún disfruta del mundo que conoció en la infancia, un mundo de belleza sin corromper, de diversidad de vida animal y vegetal, de nuevas fronteras vírgenes para explorar dentro y fuera del mar. Hoy, todo esto podría peligrar.

Además, el tiempo tampoco está de nuestro lado, y con esto, me refiero a ustedes, la siguiente generación. Tomen este reto en sus manos y lleven el único planeta habitable que conocemos hacia un lugar mejor.

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