Iberoamérica y el rompimiento de las barreras del subdesarrollo: siguiendo los pasos de España y Portugal

Por Angel Gurría, Secretario-General de la OCDE
Pronunciado durante el VII Foro Iberoaméricano
Mexico D.F (Mexico)
29 Noviembre 2006

Buenos días. Agradezco a los organizadores de Foro Iberoamericano su invitación para reflexionar sobre el desarrollo económico en América Latina. Este es un tema fascinante, sobre todo si utilizamos la perspectiva de la comparación internacional para tratar de comprender porqué algunas regiones avanzan más rápido que otras.

Las perspectivas económicas actuales en América Latina son positivas. Diferentes instituciones internacionales coinciden en colocar el crecimiento de la región para este año entre el 4 y 5%. México y Brasil se ubican en un ritmo menor pero también positivo. La OCDE comparte este análisis.

El panorama mejor en materia de crecimiento es resultado de condiciones internacionales benignas y también de una agenda de reformas adoptada en las últimas décadas por los países de la región, y por el hecho de que estas reformas, sobre todo en los ámbitos de apertura comercial y de manejo macroeconómico han llegado para quedarse.

Sin embargo, la construcción de posibilidades reales de apuntalar el crecimiento económico requiere de mayorías estables para tener éxito. En este sentido, el ejemplo de Chile es revelador. De las trece elecciones nacionales que se han celebrado en Chile desde entonces, Concertación las ha ganado todas.  Una administración construía sobre lo que ya se había puesto en marcha en otra, lo expandía, lo retocaba, y lo mejoraba. 

Esta construcción de mayorías desafortunadamente no ha sido la regla en todos los países latinoamericanos. Por lo menos en México, la falta de consensos sobre ciertos aspectos de la agenda económica han limitado profundamente las posibilidades de un crecimiento mayor. Tal es el caso de la reforma fiscal, que con el Presidente Zedillo era necesaria, con el Presidente Fox, urgente y con el Presidente Calderón será impostergable.

Las dos grandes decepciones

El crecimiento de la región no ha sido suficiente para superar los rezagos ancestrales de los países latinoamericanos.  De todas las economías emergentes,  Brasil y México son de las que presentan ritmos de crecimiento más lentos en la última década. Mientras que China e India despegaban con un crecimiento medio de más del 6% entre 1998 y 2005, México apenas si superaba el 3% y Brasil ni siquiera eso. Con este magro desempeño, tanto México como Brasil están perdiendo oportunidades valiosísimas para avanzar; oportunidades perdidas que desafortunadamente no aparecen con la fuerza que debieran en el balance.

Es evidente que los motores del crecimiento que explican el desempeño de otras regiones no tienen la misma la misma fortaleza en la región latinoamericana. La inversión pública en todos los ámbitos es insuficiente y poco efectiva;  la implementación de las políticas también es sub-óptima y falta consolidar una cultura de evaluación.

Uno de los indicadores que mejor capturan la competitividad y la capacidad innovadora de las economías es la productividad. Es revelador que este indicador muestre incrementos significativos en los países que encabezan el crecimiento a nivel internacional, tales como Finlandia o Corea, aun en ciclos económicos a la baja.

En este rubro, América Latina  tampoco compara bien. La productividad laboral se ha mantenido sin gran cambio en los últimos años.

América Latina, además, sigue siendo la región con mayor desigualdad en la distribución del ingreso, después de África. Esta desigual distribución es causa y consecuencia del magro desempeño económico. De hecho, no hay país que haya dado el salto al desarrollo sin antes resolver el problema de la desigualdad. A esto hay que añadir que la pobreza es persistente y que también constituye una barrera al crecimiento.

En Europa, se ha conseguido contrarrestar las desigualdades a través de los sistemas impositivos, que resultan un instrumento privilegiado de redistribución, lo que no ocurre en América Latina.

¿Existe una maldición latina?¿Están países como México o Brasil destinados a permanecer en el subdesarrollo mientras otras economías como la Coreana, o la China superan estas barreras y se unen al club de los países ricos? Por supuesto que no.

España y Portugal son dos economías iberoamericanas que han logrado despegar en las últimas décadas.  No hace mucho tiempo, a mediados del siglo XX, las economías de España, México, y Portugal eran perfectamente comparables.  Sin embargo, a partir de los años sesenta, España y Portugal han logrado salir del subdesarrollo y desde la llegada de la democracia a ambos países el despegue ha sido espectacular. 

¿Cómo lo han logrado? ¿Qué tienen o qué han tenido los latinos europeos que no tengan los latinos americanos?

Ambos países han logrado, con la democracia y el anclaje Europeo, dejar atrás los niveles mediocres donde se encontraban estancados. El ingreso Español era el 50% del Europeo a mediados de siglo. Hoy en día casi lo iguala.  Portugal ha seguido un camino similar, situándose en el 80% del ingreso medio europeo hacia finales de los noventa.  

El anclaje para México está constituido en parte por su adhesión a la OCDE, que lo lleva a la coordinación de políticas públicas. Pero el elemento fundamental de este anclaje es el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, y no le ha servido para despegar definitivamente.

Esto es porque  la Unión Europea y el TLC son dos conceptos diferentes de integración regional y han funcionado de manera desigual.  Los resultados también han sido dispares. 

Lo que si comparten estos países, tanto España, Portugal, como México es que han logrado poner la casa en orden: reducir la inflación, los niveles de deuda, y aumentar las exportaciones.  Los tres países además han logrado atraer importantes montos de inversión directa extranjera. 

La clave esta en la continuación de las reformas

Para España y Portugal, su pertenencia a la Unión Europea es una fuente constante de renovación y reforma. Para México, el tratado bilateral ha dejado de serlo.

Un reflejo de esta situación es la migración.  España y Portugal han pasado de ser países emisores de inmigrantes en los años sesenta y setenta a recibir importantes influjos de inmigrantes.  Hoy en día la población inmigrante representa un porcentaje importante (11%) de la población España.  Mientras tanto, México sigue enviando emigrantes a los EEUU. 

La mayor diferencia la constituye el avance vertiginoso que en distintos ámbitos ha tenido la economía Española frente a las latinoamericanas. Las reformas de segunda generación, que implican la profundización del ambiente de competencia, la mejoría del capital humano y la transformación de los sistemas judiciales no se ha consolidado en el caso de los países de América Latina. Por ello,  la estabilidad macroeconómica es positiva, pero no es suficiente si no se progresa en los ámbitos pendientes.

Uno de los ámbitos en donde la reforma institucional parecería ser impostergable es el funcionamiento del sistema judicial.  Un sistema judicial poco transparente, incierto e ineficiente impone un costo muy alto a la operación de la economía, y mas allá, a la formación de la confianza necesaria para el buen funcionamiento de la sociedad. Este es uno de los talones de Aquiles que deberán enfrentarse con decisión.

Por otra parte, en España y Portugal ha habido un avance importante en el nivel y la calidad del gasto público, en rubros tan importantes como la educación o la salud. En México, todavía hay mucho por hacer y por ello el dinamismo que debería inyectar este motor del crecimiento no se ha consolidado. El nivel de escolaridad de la población Mexicana ha aumentado y se ha invertido significativamente en materia de educación. Sin embargo, no se ha logrado aumentar ni la calidad, ni mejorar el desempeño. Hay países, como Eslovaquia, que con un nivel de gasto muy similar consiguen resultados mucho mejores. 

Otro motor de crecimiento que le ha fallado a México es el de la infraestructura.

Desde que accedió a la Unión Europea, España ha mejorado sensiblemente su infraestructura.  Más de un 50%, de este aumento de la inversión ha sido financiado con dinero de los fondos estructurales y de cohesión que supondrán una inyección de más de 150,000 millones de Euros para España entre 1986 y el 2013, una media de alrededor de 6,000 millones de euros al año. 

Mientras tanto, la ayuda oficial al desarrollo de los EEUU a México entre 1983 y 2004 alcanzó los 780 millones de dólares, o en promedio 35.5 millones de dólares al año y sólo marginalmente se dedicó a  infraestructura. Este diferencial de inversión se ve reflejado en la superioridad Europea en esta materia.

Conclusiones

Los optimistas pronósticos de la coyuntura actual en América Latina no deben ocultar el decepcionante desempeño de la región en los últimos años ni la persistente pobreza en la que viven muchos habitantes de América Latina.  América Latina puede y debe crecer más y mejor. 

Como en muchos otros casos en América Latina, el problema es de implementación de políticas, no de diseño. El cambio gradual, con flexibilidad y pragmatismo, es lo que mejor ha funcionado hasta ahora en la región. Porqué no seguir por ese camino.

Pero más que ninguna otra medida, es necesario avanzar en la agenda de reformas, y en la construcción de instituciones sólidas y eficientes. Esto es lo que marcará la diferencia, y si se puede utilizar el impulso exterior tanto mejor. Pero si esto no es posible, no podemos quedarnos sentados mientras el mundo avanza a grandes velocidades.

Sabemos dónde tenemos que invertir, y sabemos también que nuestras decisiones tienen que aterrizarse mejor. Es  cuestión de voluntad política. Y yo espero que este ingrediente no escasee en este importante momento para la región.

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