Secretary-General

El clima: qué ha cambiado, qué no y qué podemos hacer al respecto - A 6 meses de la COP 21

 

Conferencia Magistral de Angel Gurría,

Secretario General, OCDE

3 de julio de 2015

Londres, Reino Unido

[Versión para su distribución]

 

 

Señoras y señores:

 

Me complace enormemente pronunciar ante ustedes mi segunda conferencia sobre el cambio climático. Quiero agradecer a AVIVA Investors por haber auspiciado este evento en colaboración con ClimateWise, un grupo que está impulsando acciones para el aseguramiento contra riesgos asociados al cambio climático. Quiero agradecer también a nuestros coorganizadores, el Grantham Research Institute de la London School of Economics (LSE), y a su presidente, Lord Stern, quien ha prestado apoyo invaluable, orientación e inspiración.

 

En mi primera conferencia sobre el cambio climático, hace unos dos años, mi mensaje fundamental fue que afrontar el reto del cambio climático nos obligaba a lograr cero emisiones netas de gases de efecto invernadero a nivel mundial para el final de este siglo. Ello se debe a que las emisiones de dióxido de carbono se acumulan y perduran en la atmósfera. Si no se alcanza el nivel de cero emisiones netas de CO2, las temperaturas simplemente seguirán subiendo. Cuando pronuncié estas palabras hace dos años se les consideró controvertidas. Hoy me complace comprobar que han pasado a ser la opinión general y un objetivo común compartido, como se demostró en la reunión de líderes del G-7 el mes pasado.

 

No ha cambiado mucho desde entonces... salvo los precios

 

Así que permítanme comenzar con una reflexión en torno a qué ha cambiado y qué no desde aquel día (9 de octubre de 2013). En primer lugar, la ciencia NO ha cambiado. El reciente Quinto Informe de Evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (Intergovernmental Panel on Climate Change, IPCC) ha confirmado la gravedad y urgencia del problema. El segundo elemento fundamental que NO ha cambiado es el predominio de los combustibles fósiles. Hace dos años estábamos inundados por combustibles fósiles. Por desgracia, todavía dominan el suministro energético mundial, representando 81% en términos agregados. De hecho, el peso del carbono en las mezclas de combustible ha cambiado muy poco desde 1990.

 

Lo que ha cambiado de manera significativa es el precio de los combustibles fósiles. El día de mi primera conferencia en la LSE, el crudo Brent cotizaba a 109 dólares por barril. A mediados de enero de 2015, el precio se había desplomado a menos de 50 dólares por barril. Desde entonces ha seguido una tendencia a la alza no exenta de volatilidad, pero se mantiene muy por debajo del máximo del año pasado, fluctuando en torno a los 60 dólares por barril. Por supuesto, los precios del carbón también han caído, aunque de forma menos acentuada.

 

Paradójicamente y por desgracia, esta volatilidad en los precios ha afectado el panorama de la acción climática ¨menos de lo que podría pensarse¨. Cuando los precios eran altos, tenía mucho sentido recurrir a fuentes de energía bajas en carbono y promover la eficiencia energética. Sin embargo, la época de altos precios de los hidrocarburos también trajo consigo algunas inversiones enormes, más intensivas en carbono; por ejemplo, centrales de generación a base de carbón en países de la ASEAN, conversión de carbón en China y arenas petrolíferas en Canadá. Peor aún, los elevados precios hicieron difícil suprimir los subsidios a los consumidores. ¡Oportunidades perdidas!

 

Los menores precios de hoy facilitan reducir esos subsidios; ya hemos visto algunas medidas lúcidas adoptadas en países como Indonesia, India, Malasia y Tailandia. Lamentablemente, la mayoría de los gobiernos no han aprovechado la caída de los precios del petróleo para introducir o incrementar impuestos sobre las emisiones de carbono, lo cual habría dejado prácticamente sin variación los precios finales. Los ingresos procedentes de los impuestos sobre las emisiones de carbono podrían haberse reciclado por medio de cambios en otros impuestos y programas de transferencias. En cambio, la situación actual supone un ¨gran descuento¨ en el costo de cada tonelada de CO2 emitida. Los beneficios derivados del abaratamiento del petróleo han ido a parar a quienes lo consumen, en detrimento del medio ambiente. No es sorprendente que su demanda vaya en aumento. En EE.UU., por ejemplo, el Hummer y otros automóviles todoterreno están de vuelta. Y esto sucede en un momento en que se está combatiendo la deflación, no la inflación. ¡Más oportunidades perdidas!

 

Por otro lado, la inversión en nuevos y caros yacimientos petrolíferos cuya rentabilidad dependía de que los precios se mantuvieran por encima de 80 dólares/barril se está deteniendo o posponiendo. En lugar de invertir en energías limpias, las compañías petroleras se están dedicando ahora a devolver efectivo a sus accionistas a través de pagos de dividendos y recompras de acciones propias. La capitalización bursátil de las compañías carboníferas se ha desplomado, a veces de manera espectacular. Y los gobiernos enfrentan las exigencias de los productores de petróleo y gas, que reclaman regímenes fiscales más favorables para mantener sus actividades de producción y exploración. Aquí, en el Reino Unido, el Gobierno ya ha concedido a los productores de petróleo y gas del Mar del Norte tasas impositivas menores y bonificaciones más generosas a la inversión. Oportunidades perdidas.

 

Así pues, el abaratamiento del petróleo genera fuerzas de mercado contrapuestas que pueden tanto afectar como beneficiar al clima. Pero una cosa está clara: sin políticas climáticas coordinadas, los combustibles fósiles seguirán siendo la fuente de energía preferida. A falta de políticas climáticas deliberadas, el patrón de respuestas será predecible: los consumidores harán mayor uso de los recursos más baratos, la demanda aumentará y los productores utilizarán sus formidables capacidades técnicas para encontrar formas nuevas y más económicas de comercializar los recursos de los combustibles fósiles descubiertos.

 

Otro cambio evidente es la creciente conciencia de que no todos los combustibles fósiles son iguales. Habrá ganadores y perdedores si los gobiernos deciden emprender la transición que impediría superar los 2 °C. La reciente petición de seis grandes compañías de petróleo y gas europeas por una ¨determinación eficaz y generalizada de los precios de las emisiones de carbono¨ representa un cambio de enorme calado.

 

Está claro que no lo hacen por idealismo, sino (en sus propias palabras) ¨con el fin de materializar plenamente el impacto positivo del gas natural¨. Ante la creciente presión para limitar las emisiones, ven su modelo de negocio amenazado por el continuo crecimiento del consumo de carbón barato e intensivo en emisiones que agotará fácilmente casi todo el margen de emisión de carbono restante para respetar el límite de los 2 °C. Pero su posición no es respaldada por todos. Por ejemplo, Chevron puso en duda de inmediato la ¨efectividad¨ del sistema de determinación de precios del carbono como estrategia, ¨ya que los clientes quieren una energía a precios asequibles¨.

 

Aunque este llamado por un precio del carbono es una táctica intrigante, el escepticismo de Chevron no carece de fundamento. Todo depende de si se piensa que esta vez los gobiernos realmente acelerarán el avance hacia una economía baja en carbono. De hecho, si nos atenemos a la tortuosa evolución de las negociaciones en el seno de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), eso no está garantizado. Las contribuciones de mitigación (incluidas en las Intended Nationally Determined Contributions, INDCs) actualmente presentadas por los países no nos llevarán a donde es preciso llegar en 2030. Se nos dice que no debemos preocuparnos, que se trata de un proceso iterativo, que los objetivos serán reexaminados. Más vale que así sea. El hecho de que se haya denominado proceso no garantiza un resultado. Llevamos en este proceso más de 20 años. Y, hasta ahora, los compromisos simplemente no bastan. Todavía hay 151 países que ni siquiera han presentado sus contribuciones. Tienen que hacerlo de forma urgente. El reloj del carbono sigue avanzando.

 

Entonces, ¿qué es lo que está reteniendo a los gobiernos? Permítanme exponer rápidamente algunas de las razones.

 

1. El dilema del crecimiento

 

Está claro que existe una reticencia extrema frente a cualquier acción que pudiera comprometer la recuperación económica. Pero estamos hablando de impulsar una transformación de largo plazo con ajustes estructurales que conducirán a vidas mejores. La Comisión de la Nueva Economía del Clima(New Climate Economy Commission), de la que soy miembro, sostiene de forma convincente que el crecimiento sostenible no es incompatible con la transición hacia una economía con bajas emisiones de carbono. Y, en cualquier caso, hay diversas acciones que pueden llevarse a cabo en el corto plazo cuyo costo es bajo o nulo y que son compatibles con el límite de los 2 °C, tales como la eficiencia energética y la reforma de los subsidios.

 

2. La competitividad

 

Asimismo nos encontramos con el temor persistente de que las políticas climáticas podrían alterar significativamente la competitividad de determinados sectores intensivos en emisiones. Si bien no podemos ignorar tales preocupaciones, la dimensión de la mayoría de las políticas de determinación de precios de carbono palidece frente a la volatilidad ¨normal¨ de los precios a la que están expuestos los usuarios de recursos.

 

De hecho, la OCDE hasta la fecha no ha encontrado pruebas de que las políticas climáticas tengan efectos significativos sobre la competitividad. Necesitamos políticas que avancen progresivamente para redirigir la inversión y estimular la innovación. Debemos ampliar el alcance geográfico de estas políticas si queremos eliminar la ¨fuga¨ de carbono como excusa que está inhibiendo las ambiciones de la política climática.

 

3. La tragedia de los horizontes

 

Mark Carney hablaba de la ¨tragedia de los horizontes¨: el fracaso de gobiernos y empresas para incorporar consideraciones de largo plazo en la toma de decisiones. El cambio climático es una víctima de esta ¨tragedia de los horizontes¨. Se desarrollará a lo largo de muchas décadas, mientras que los ciclos políticos y económicos abarcan —en el mejor de los casos— unos pocos años. En consecuencia, ni siquiera la certeza de que se sufrirán pérdidas catastróficas dentro de 100 años influye en las decisiones que hoy se adoptan sobre políticas e inversión. Jeremy Grantham se ha referido a esta cuestión como la ¨tiranía¨ impuesta por el criterio de la tasa de descuento empresarial: desde esa óptica, nuestros nietos terminarán careciendo de valor. Sin embargo, existe un riesgo real de que entre el momento actual y el final del siglo tengamos que hacer frente a impactos climáticos graves, generalizados e irreversibles. Y entonces lamentaremos nuestra miopía.

 

4. El margen para el desarrollo

 

Hay una idea errónea, pero profundamente arraigada, de que el desarrollo debe preceder a la reducción de las emisiones de carbono. Si bien las economías en desarrollo inevitablemente incrementarán sus emisiones, en ningún sitio está escrito que el desarrollo en el siglo XXI tiene que ser tan intensivo en combustibles fósiles como lo fue en el pasado. Existen alternativas viables que ya están disponibles comercialmente. Hoy en día, nadie propondría desplegar líneas telefónicas del mismo modo que lo hacían los países de la OCDE a mediados del siglo XX. Con todo, algunos líderes y especialistas en materia de desarrollo todavía imaginan las sociedades del mañana funcionando con las soluciones de ayer.

 

5. El nudo del carbono

 

Hace dos años utilicé la expresión ¨nudo del carbono¨ para describir el grado en que muchos gobiernos y propietarios de activos tienen profundos intereses creados, a veces contrapuestos, en mantener el statu quo. No es sólo una cuestión de capacidad de cabildeo. Por ejemplo, muchos presupuestos públicos y fondos de pensiones se apoyan en gran medida en los rendimientos que produce la explotación de combustibles fósiles. Nos enfrentamos a algunas contradicciones verdaderamente extrañas: el hielo estival ártico es un enorme reflector de la luz solar. Una vez que se pierda, habrá una intensa realimentación positiva de la temperatura. Nos preocupan sus consecuencias para el mañana, pero lo que hoy hacemos en realidad es ¡prepararnos afanosamente para el día en que el petróleo y el gas del Ártico estén disponibles!

 

Entonces, ¿cómo deshacemos este nudo?

 

Políticas climáticas básicas

 

En primer lugar, necesitamos políticas climáticas sólidas, creíbles y predecibles; en particular, fijar un precio al carbono y eliminar subsidios, tanto a consumidores como a productores, que apoyen los combustibles fósiles convencionales. En el ámbito climático, son ¨pecados de comisión¨ para los que no hay excusa. No es necesario que diga más al respecto. La OCDE lleva más de 20 años comprometida con esta cuestión.

 

Armonización de políticas

 

En segundo lugar, debemos cerciorarnos de que otras políticas públicas no socaven las políticas climáticas. Consciente e inconscientemente llevamos más de un siglo estructurando nuestras economías en torno a los combustibles fósiles. Mantener esa estructura intacta significará que las políticas climáticas no alcanzarán plenamente sus objetivos. Eso sería, por así decir, un ¨pecado de omisión¨. Demasiados marcos existentes de políticas no son congruentes con la transición hacia una economía baja en carbono.

 

La OCDE, la Agencia Internacional de Energía (AIE), la Agencia de Energía Nuclear y el Foro Internacional del Transporte están colaborando para elaborar el primer diagnóstico global de la economía en su conjunto sobre esos potenciales desajustes. El informe Armonización de Políticas para una Economía con Bajas Emisiones de Carbono (Aligning Policies for a Low-carbon Economy), publicado hoy, señala posibles desajustes con los objetivos climáticos en prácticamente todas las áreas de política gubernamentales, desde la regulación del mercado eléctrico hasta el uso del suelo. Es fundamental que los gobiernos estudien sus 200 páginas y consideren, en cada contexto nacional, la forma de resolver estos desajustes, asegurándose de que todos los ministros informen periódicamente sobre cómo están armonizando sus políticas. Esto es esencial para una transición más eficaz y menos costosa hacia una economía baja en carbono.

 

Finanzas e inversión

 

Una prioridad especial será incentivar la financiación de inversiones a largo plazo con miras a la transición y reducir el costo del capital. Los países desarrollados se han comprometido a movilizar financiamiento para combatir el cambio climático, tanto de fuentes públicas como privadas, por valor de 100 000 millones de dólares al año a partir de 2020 para apoyar a los países en desarrollo. Pero, a nivel global, tenemos que invertir billones en infraestructura. En realidad, la transición hacia una economía baja en carbono no requiere de muchos más fondos de los que ya se están invirtiendo en la actualidad. Lo que requiere es un giro radical hacia sistemas de eficiencia energética con bajas emisiones de carbono.

 

Los inversionistas institucionales gestionan 93 billones de dólares en los países de la OCDE. Las políticas gubernamentales pueden desempeñar una función central, influyendo el modo de movilizar y redirigir este capital privado, el cual sólo tendrá carácter ecológico si el ambiente de inversión es propicio. Unas políticas climáticas coherentes y unas buenas condiciones marco para la inversión son cruciales, al igual que las medidas para reducir el riesgo financiero y facilitar las transacciones. Tenemos que pasar de un mundo en el que los bonos verdes son una novedad a otro en el que la totalidad del mercado de bonos, valorado en 100 billones de dólares, refleje la transición hacia una transformación basada en bajas emisiones de carbono. Todo está en las políticas.

 

¿Qué sucede con el carbón?

 

Se pide constantemente a los gobiernos ser “realistas”. El presidente de Glencore y su Director General (CEO) han instado recientemente a los gobiernos a aceptar la “realidad” de que se van a consumir enormes cantidades de combustibles fósiles. Cuáles y en qué cantidades dependerá de la forma en que se vea la “realidad”. Nuestro nuevo informe Taxing Energy Use muestra que la “realidad” de los productores de carbón es que, entre todos los combustibles fósiles, el carbón es el que se suele gravar en menor medida. El carbón también está, por lo general, libre de aranceles o sujeto a aranceles muy bajos, a diferencia de las energías renovables, que a menudo soportan aranceles del 10% al 20% o incluso superiores. La “realidad” para los responsables de las políticas es que, sin un cambio concertado de estas circunstancias, el límite de los 2 °C será superado. Una vez más, son las políticas las que determinarán el resultado.

 

El carbón es el combustible disponible más intensivo en carbono para generar electricidad. La amenaza más urgente para la política climática es el volumen de las nuevas inversiones previstas para generar electricidad en centrales de carbón que no incluyen sistemas de captura y almacenamiento de carbono (CAC). Se prevé que, de aquí a 2050, si no se adoptan medidas de mitigación adicionales, la generación eléctrica con carbón emitirá más de 500 Gt de CO2. Eso es aproximadamente la mitad del presupuesto de carbono restante para permanecer por debajo de los 2 °C de calentamiento. Incluso las centrales térmicas de carbón más avanzadas (y costosas) no serán compatibles con esos 2 °C a menos que capturen y almacenen el CO2 que producen.

 

Sin embargo, la AIE prevé que la demanda mundial de carbón seguirá creciendo en el futuro próximo, lo que se traduciría en una desastrosa trayectoria que llevaría a superar los 4 °C. Por ello, en su último informe sobre energía y cambio climático la AIE ha solicitado que se prohíba la construcción de centrales térmicas de carbón poco eficientes. En Norteamérica y en la mayor parte de Europa, la regulación, la determinación de precios del carbono y los objetivos de emisiones futuras han ocasionado que resulte demasiado arriesgado invertir en nuevas centrales alimentadas con carbón. Pero esto queda más que contrarrestado por el incremento que se registra en Asia. En especial en China, donde, pese a las señales de que el gobierno se propone limitar el consumo de carbón en todo el país en el marco de su lucha contra la contaminación local, nuevas centrales de carbón siguen entrando en funcionamiento, si bien a menor ritmo que hace unos años. El costo del impacto sobre la salud de la contaminación atmosférica derivada del consumo de energía en China rondó los 1.4 billones de dólares en 2010.

 

Los gobiernos deben ser escépticos sobre la posibilidad de que el nuevo carbón represente un buen negocio para sus ciudadanos. Si reunimos la voluntad política para emprender hoy una trayectoria que limite el calentamiento a un máximo de 2 °C, algunos activos basados en el carbón no podrán completar su vida económica. Como cabría esperar, si retrasamos la acción, la capacidad global no utilizada será mucho mayor, ya que se requerirían reducciones más acentuadas.

 

Por lo tanto, cabe preguntarse si la generación de energía a partir de carbón sin captura y almacenamiento de carbono constituye una elección racional, frente a las alternativas bajas en carbono (incluyendo, con carácter transitorio, el gas). El primer punto a destacar es que el carbón no es barato. O únicamente es más barato si se ignoran todos los costos que supone. La minería del carbón provoca diversos problemas ambientales, por ejemplo alteraciones significativas del suelo, contaminación de fuentes de agua, contaminación atmosférica y daño a ecosistemas, así como contaminación acústica y por polvo. Sabemos que es peligroso y que los accidentes mineros y las enfermedades respiratorias afectan la salud y acortan la esperanza de vida de los mineros.

 

También sabemos que existe cierta oposición social a desmantelar la minería del carbón, como se ha observado en Polonia, Alemania y otros países con abundantes recursos carboníferos. La industria carbonífera proporciona empleo a unos 7 millones de personas en todo el mundo. Para estas personas, las consecuencias sociales de la descarbonización serán graves y exigirán mecanismos de apoyo. No estamos, pues, ante una mera cuestión de activos inutilizados sino también ante el desafío de qué hacer con comunidades que pierden un sector de actividad.

 

El segundo punto es que ya contamos con alternativas comerciales a la generación de electricidad en centrales de carbón convencionales, a diferencia de lo que sucede en industrias pesadas como la cementera y la siderúrgica, que no disponen de ellas y que plantean un desafío técnico importante. El hecho de que el 60% de la inversión total en centrales eléctricas desde 2000 se haya destinado a tecnologías bajas en carbono ilustra bien este punto.

 

Según las regiones, entre las energías renovables competitivas en costos se encuentran la eólica terrestre, la generación a partir de biomasa y la hidroeléctrica, la solar y la geotérmica. Persisten algunos desafíos, pero la conclusión es que las opciones bajas en carbono pueden y deben jugar un papel mucho más importante en el suministro de energía. Sus costos siguen disminuyendo, en algunos casos mucho más rápido que en otros, y los retos de integrar nuevas energías renovables se están superando.

 

Conociendo estos riesgos, ¿en lo sucesivo las decisiones de inversión en el sector del carbón se tomarán de forma diferente? Algunos inversionistas están contemplando el carbón desde una nueva perspectiva. La Coalición para la Descarbonización de las Carteras de Inversión (Portfolio Decarbonization Coalition, PDC), lanzada en la Cumbre sobre el Clima del año pasado convocada por Ban Ki-moon, por ejemplo, está congregando a una coalición de inversionistas para descarbonizar 100 000 millones de dólares en inversiones institucionales de capital para la COP21. El fondo soberano de inversión de Noruega acaba de anunciar que no invertirá en actividades que emitan cantidades elevadas de CO2.

 

Pero el impulso al desarrollo es el tema que presenta las preguntas más difíciles. Uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible propuestos es garantizar “el acceso a una energía asequible, fiable, sostenible y moderna para todos”. Para lograrlo en un mundo que tiene que descarbonizar su sistema energético en las próximas décadas, los gobiernos —especialmente las economías en desarrollo y emergentes— necesitarán disponer de muy buena información para descartar las propuestas que puedan ser asequibles, pero no modernas ni sostenibles. La Comisión de la Nueva Economía Climática recomendó a los gobiernos cambiar la carga de la prueba, de forma que sólo se construyan nuevas centrales térmicas de carbón sin captura y almacenamiento de carbono cuando otras opciones no sean competitivas, teniendo en cuenta la totalidad de los costos financieros, medioambientales y para la salud derivados del carbón.

 

Esto es especialmente importante para los países en desarrollo, algunos de los cuales nunca antes han generado electricidad a partir del carbón y se hallan en proceso de construir nuevas infraestructuras desde cero. Tienen que evaluar la totalidad de los beneficios sociales y de los costos, incluso si no quieren fijar formalmente un precio para el carbono. El énfais debe estar en los costos para la salud y en los derechos sobre el agua y otros recursos escasos, así como en los beneficios y costos de las tecnologías para generar energía limpia.

 

Si la combinación de costos y beneficios de cualquier alternativa limpia resultara ganadora, no debería haber ningún debate ni demora. Sin embargo, en caso de que el carbón todavía resultara más ventajoso, los gobiernos necesitarán un mecanismo confiable para calcular cuánto tiempo durará dicha ventaja, ya que el costo de las tecnologías limpias seguirá cayendo. Si bien el acceso a la energía y el combate a la pobreza con toda razón resultan prioritarios en los países en desarrollo, éstos necesitan una herramienta de evaluación confiable que les permita asegurarse de que las ventajas del carbón no se están sobreestimando ni son de corta duración.

 

Tenemos que avanzar hacia el punto en donde pretender que el carbón es más barato o que constituye la “única” solución ya no sea argumento suficiente. Los dirigentes políticos y directivos empresariales que hagan tal afirmación deberían poder defenderla en contraste con las alternativas. Por mi parte, apelaría a esos líderes a someter tal declaración a un escrutinio cuidadoso. Si lo único que separa al carbón de alternativas más limpias es una ventaja puramente financiera, entonces debemos movilizar el financiamiento para combatir el cambio climático para anular esa ventaja.

 

Algunos donantes y bancos multilaterales de desarrollo sólo prestan apoyo a la generación de electricidad en centrales térmicas de carbón cuando no existe alguna otra alternativa viable. Estos casos deberían ser realmente excepcionales. Sin un mecanismo riguroso para evaluar estas propuestas existe un riesgo real de que la inercia y la sabiduría convencional acaben avalando activos que nunca deberían haberse construido.

 

Por supuesto, todo esto es aún más pertinente para los países desarrollados, que se enfrentan a la necesidad de retirar capacidad de generación anticuada. No podemos seguir construyendo centrales térmicas de carbón simplemente porque llevamos los últimos 150 años haciéndolo. Y no deberíamos dejar de lado o renunciar a fuentes de energía limpia como la capacidad nuclear actual o futura. La energía nuclear será parte de la solución en muchos países‎ y hay que garantizar que las cuestiones de seguridad se aborden plenamente para asegurar que esta solución siga siendo viable.  

 

Innovación

 

Por último, es preciso apoyar la investigación, el desarrollo y las aplicaciones de la próxima generación de tecnologías con baja emisión de carbono. Sin embargo, el porcentaje de I+D pública dedicado a energía en la OCDE en la actualidad no es ni la mitad de la cifra invertida a finales de la década de 1970. Por ello celebramos la ambición y el enfoque de la iniciativa Apollo, lanzada en el Reino Unido, para comprometer 150 000 millones de dólares para I+D en tecnologías de redes inteligentes y almacenamiento de energía con miras a liberar todo el potencial de la generación de energía renovable.

 

Y si bien el proyecto Apollo específicamente excluye tecnologías como la captura y almacenamiento de carbono, los gobiernos deben seguir apoyando estos esfuerzos, ya que habrá emisiones de combustibles fósiles cuya eliminación no será fácil.

 

¿En qué senda tenemos que estar?

 

Transformación sistémica

 

El objetivo de cero emisiones netas para el final del siglo requerirá una transformación sistémica en la generación de energía, la industria, el transporte, los edificios y el uso de suelo. Las infraestructuras tienen una larga vida y cambiarlas toma tiempo. El cambio climático es también un proceso que se desarrolla a lo largo de varias décadas. Así que el verdadero reto no es alcanzar un objetivo de reducción de emisiones en un año dado, sino crear trayectorias creíbles para cada país que nos llevarán colectivamente a ese mundo con cero emisiones netas de carbono que es imperativo para final de siglo. Recordemos: todo está en las políticas.

 

Las políticas deben vincular objetivos a largo plazo con objetivos a corto plazo. La pionera Climate Change Act (Ley de Cambio Climático) del Reino Unido, con su objetivo de largo plazo y metas móviles quinquenales, muestra el enfoque correcto. El ejemplo británico muestra a otros gobiernos el camino a seguir en el desarrollo de sus respuestas de política nacionales.

 

Diferentes escalas de tiempo, mismo punto de llegada

 

La escala de tiempo y la secuencia de actuaciones diferirán entre países, de acuerdo con sus circunstancias.

 

Las emisiones de muchas economías emergentes aún siguen trayectorias ascendentes muy acentuadas. También éstas necesitan alcanzar un máximo pronto y empezar a descender. Me congratulo por la Contribución Nacional
Prevista y Determinada (INDC) anunciada esta semana por el Gobierno chino, para que sus emisiones de CO2 alcancen un máximo en torno a 2030 o lo más pronto posible, además de reducir drásticamente su dependencia del carbón.

 

Para los países menos desarrollados ese máximo puede estar más lejos, pero incluso ahí existe amplio margen para tomar medidas de mitigación que aporten otros beneficios en términos de menor contaminación atmosférica, salud y calidad de la vida urbana.

 

El tamaño del presupuesto de carbono que podemos emitir compatible con los 2 °C depende del riesgo que se esté dispuesto a asumir para no superar ese límite o para acabar en una trayectoria de mayor temperatura. Pero un hecho está claro: actualmente emitimos unas 38 000 millones de toneladas de CO2 al año, lo cual agotará el margen para aumentar las emisiones a un ritmo alarmante.

 

Por otra parte, el límite de 2 °C se basa en un presupuesto de carbono que sólo entraña una probabilidad de 66% de alcanzar la meta. Si queremos un menor nivel de riesgo, debemos ser aún más ambiciosos. Después de todo, estamos apostando el planeta. Esta es la ¨alegre irresponsabilidad¨ hacia nuestra casa común que lamentó el Papa en su reciente encíclica sobre el cambio climático. Dos grados ya implica un cambio costoso. Pero el curso que seguimos actualmente conducirá a un aumento de 3 a 5 grados. Seguimos estando en una trayectoria de colisión con la naturaleza. Mientras continuemos emitiendo, los riesgos serán cada vez más impredecibles y no asegurables.

 

¿Cómo puede ayudar la COP21?

 

La OCDE ha estado apoyando activamente la 21ª Conferencia de las Partes de diciembre próximo. La cuestión fundamental es cómo desarrollamos vías para transitar de un presente intensivo en carbono hacia un futuro de cero emisiones de carbono netas.

 

Tres elementos son fundamentales: la participación, la evaluación y la evolución.

 

La COP21 debería enviar señales inequívocas de que tanto los países como los actores no estatales deben, pueden y van a crear sus propios caminos hacia un futuro de cero emisiones de carbono netas. Esto requiere la plena participación de las principales economías del mundo, tanto desarrolladas como en desarrollo.

 

Los países estarán interesados en comparar la ambición de otros con la propia y querrán obtener garantías de que las actuaciones de los demás corresponden a sus promesas. Una de las funciones críticas de la CMNUCC será, por lo tanto, dar seguimiento a los compromisos de cada país y evaluar su cumplimiento. Se trata de cuestiones difíciles. ¿Qué significa reducir las emisiones un 30% respecto a un nivel de referencia hipotético? ¿Y cómo se puede saber si un país está avanzando hacia el cumplimiento de sus compromisos?

 

Las mismas cuestiones rodean a los compromisos para proporcionar recursos financieros y de otro tipo. Cumplir el compromiso adquirido por los países desarrollados en Cancún en 2010 para movilizar conjuntamente 100 000 millones de dólares al año de fuentes públicas y privadas para 2020 es importante para reforzar la confianza en el proceso de la CMNUCC. Una de las tareas de la OCDE es confrontar a los países con sus compromisos mediante el monitoreo y reporte de las contribuciones de los países donantes. Esto fortalece la rendición de cuentas y la transparencia y ayuda a generar confianza.

 

El calendario de este año no lo ha hecho nada fácil. Si bien los miembros de la ONU se reunirán en Adís Abeba la próxima semana para renovar sus compromisos de financiamiento para el desarrollo, las 169 metas para los 17 objetivos de desarrollo sostenible se decidirán hasta el próximo septiembre y los compromisos sobre el clima se sellarán hasta el próximo diciembre. Los gobiernos tendrán que asegurarse de la coherencia entre sus diversos compromisos a medida que participen en los distintos foros de 2015.

 

El seguimiento y la evaluación serán cruciales para dar credibilidad a cualquier compromiso asumido. Con sus informes económicos, medioambientales y de inversión adaptados a la realidad de cada país, la OCDE puede ayudar a evaluar si las políticas de cada país conducirán a los recortes de emisiones prometidos.

 

¿Y qué decir de la evolución? Con los actuales compromisos muy por debajo de lo requerido, la COP21 de París debe reafirmar la voluntad de largo plazo de los gobiernos para emprender un camino que conduzca a cero emisiones de carbono netas a nivel mundial para el final del siglo. Además de un alto nivel de ambición inicial, necesitamos procesos de reporte, revisión y actualización periódicos para cerciorarnos de que los objetivos y las trayectorias nacionales son compatibles con tal ambición; y, si no lo fueran, para impulsar un diálogo sobre la forma de reencaminarlos. Necesitamos objetivos ambiciosos a largo plazo y necesitamos también apegarnos a ellos. Hay que establecer un proceso de revisión robusto que nos permita asegurar que se cumplen los compromisos, ubicar nuestra posición, ¡y actuar como un GPS climático!

 

Para concluir

 

Queda poco tiempo. Los gobiernos no pueden darse el lujo de tratar la COP de este año como si fuera una ronda más de interminables negociaciones comerciales. ¡El reloj del carbono sigue avanzando! La comunidad internacional tiene otras prioridades que atender. Los lapsos de atención son limitados. Desde el fracaso de Copenhague, ha tomado seis años recuperar el mismo nivel de atención. Recuerden cuando la sonda Rosetta se posó en un cometa: alinearla tomó diez años. Las ventanas para la alineación son temporales: no tenemos tiempo para esperar a que se presente otra.

 

Si no logramos progresar lo suficiente, acabaremos más adelante inmersos en una ronda aún más costosa y problemática de respuestas de adaptación nacionales, cuyo costo acabará recayendo sobre todo en las sociedades con menos resiliencia. Dicho de otro modo: si fracasamos en el clima, también fracasaremos en los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

 

Ahora bien, si lo conseguimos, ¡hay mucho que ganar! Existe un creciente impulso a soluciones en ámbitos como la energía, la industria, la organización urbana o la producción de alimentos que son simplemente mejores que lo que tenemos hoy. Es difícil creer que los gobiernos se aferrarían a tecnologías cuyos efectos secundarios sobre el clima y la salud son tan insidiosos. ¿Por qué no, entonces, nos comprometemos a llevar a cabo una transición que haga del mundo un lugar más eficiente, más limpio y más saludable?