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OECD Secretary-General

Servir a la Sociedad: Mejores Políticas para una Vida Mejor - Ceremonia de Concesión del Doctorado Honoris Causa por la Universidad Europea de Madrid

 

Palabras de Ángel Gurría, Secretario General, OCDE

27 de febrero de 2015, Madrid, España

(as prepared for delivery)

 

Señora Rectora de la Universidad Europea, Dña. Águeda Benito; Presidente de la Universidad, Don Miguel Carmelo; Dña. Montserrat Gomendio, Secretaria de Estado de Educación, Formación Profesional y Universidades; Dña. Elena de la Fuente, Secretaria General de la Universidad; D. Nelson Brito, Director General; D. Luis Calandre, Decano de la Facultad de Ciencias Sociales; Profesor Juan Vázquez, muchas gracias por su entrañable semblanza y laudatio; D. Ricardo Díez-Hochleitner, Embajador de España ante la OCDE; Señores Profesores Titulares y Alumnos de la Universidad; mi queridísima esposa Lulu; Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades, Amigos y Compañeros, Señoras y Señores,

 

¡Gracias por estas palabras introductorias, por la cálida acogida y por este hermoso acto!

 

Quiero agradecer a la Universidad Europea de Madrid y a su Consejo de Gobierno por haberme honrado con este Doctorado Honoris Causa. Es un honor estar hoy con ustedes para aceptar un reconocimiento que han recibido gigantes de la historia como Nelson Mandela y Lech Walesa, y amigos entrañables y gigantes también como Enrique Iglesias. Me honra especialmente que el reconocimiento venga de una institución académica con vocación europea e internacional como la Universidad Europea de Madrid, que persigue el desarrollo integral de sus alumnos: no sólo como profesionales, sino también como personas.

 

Cuando recibí la notificación de la concesión del doctorado y la llamada de la Rectora, me hizo mucha ilusión que éste viniera justificado por mi contribución a la política, a la economía mundial y a la cooperación internacional. Les puedo decir que he dedicado toda mi vida profesional al servicio público: 33 años a la administración mexicana; 5 años en apoyo de varias instituciones internacionales dedicas a las políticas públicas (como el Centro para el Desarrollo Global en Washington, el Population Council en Nueva York o el Centro para la Innovación Gubernamental, en Canadá, entre otros); y 9 años al frente de la OCDE. Cada día me levanto con la urgencia de hacer la diferencia y dejar una huella.

 

Quiero aprovechar estas palabras para dirigirme especialmente a los alumnos que hoy nos acompañan. Quisiera ofrecerles algunas reflexiones sobre lo que significa ponerse al servicio de los demás, trabajando día tras día en busca de mejores políticas que permitan a nuestras sociedades avanzar, a nuestros ciudadanos disfrutar de una vida mejor hoy, y a las generaciones futuras gozar de más y mejores oportunidades.

 

 

La vocación de servicio público

 

Desde muy joven tuve claro que quería dedicarme al servicio público, y que la economía y su estudio ofrecían una de las mejores bases para entender los retos a los que se enfrentan nuestras sociedades: cómo crear riqueza mediante el mejor uso de recursos escasos; cómo trascender los indicadores y garantizar que los números se traduzcan en una mejora de las condiciones de vida de nuestros ciudadanos; cómo combatir la pobreza y la desigualdad, asegurando que todo individuo tenga al alcance de su mano las oportunidades para desarrollar todo su potencial.

 

Éstas son las cuestiones que verdaderamente importan. De nada sirven la economía y la política si no contribuyen a hacer avanzar a nuestras sociedades. En el México de fines de los años sesenta y principios de los setenta, cuando comencé mi carrera profesional, los retos eran enormes. Yo tuve la suerte de trabajar en diversas entidades que favorecían el desarrollo del país, como la Comisión Federal de la Electricidad y Nafinsa, el banco de fomento para las pequeñas y medianas empresas. Allí aprendí la importancia que la economía y las buenas políticas públicas tienen para crear oportunidades para los demás.

 

Durante la década de los setenta y los ochenta, me tocó vivir en primera línea el tremendo reto de la crisis de deuda que enfrentó mi país. Esta experiencia me enseñó que no había desarrollo posible sin orden macroeconómico y un manejo adecuado y prudente de las finanzas públicas. En México habíamos estado cubriendo durante muchos años el creciente déficit fiscal y la salida de capitales con un endeudamiento externo galopante, y en 1982 el peso sufrió una fuerte devaluación y el riesgo de default se hizo evidente.

 

A  lo largo de los años sucesivos —primero con el Plan Baker, y luego con el llamado Plan Brady— logramos salir del atolladero después de interminables negociaciones. Fue un tiempo en el que aprendí mucho. Aprendí a sentarme en una mesa sabiendo que la solución pasa por entender bien los riesgos y sensibilidades de la contraparte, y que en una negociación se puede perder todo si uno quiere ganarlo todo. Extrajimos experiencias que ayudaron a sortear sucesivas crisis de deuda como la latinoamericana y asiática de los 90, y que ofrecen lecciones que siguen siendo válidas para los casos que vivimos estos días en Europa.

 

Ya en los 90, tuve el enorme honor de servir a México como Ministro con el Presidente Zedillo, una etapa en la que América Latina vivió un período extraordinario de consolidación democrática y apertura internacional. Como Secretario de Relaciones Exteriores primero, y de Hacienda y Crédito Público después, me alegra haber contribuido a esa apertura de la economía mexicana y al particular efecto dinamizador que las inversiones españolas tuvieron en nuestro país, especialmente en el sector financiero.

 

Después me tocó entregar la Secretaría de Hacienda al primer gobierno del partido de la oposición en la historia moderna de mi país, con una economía creciendo al 7%. Aunque mi partido perdió las elecciones y yo mi trabajo, fue fascinante ver la consolidación de la democracia mexicana en la primera alternancia en el poder presidencial entre diferentes partidos en más de 70 años. El papel del Presidente Zedillo fue crucial en esta transición.

 

 

La OCDE: Mejores Políticas para una Vida Mejor

 

El siguiente gran paso en mi desarrollo profesional fue mi llegada a la OCDE, a la que  me incorporé como Secretario General en el año 2006. Esta experiencia me ha permitido vivir en primera persona esa otra dimensión del servicio público que supone trabajar en un organismo multilateral, más allá de la óptica meramente nacional.

 

Vivimos en un mundo cada vez más global, en el que las distancias son cada vez más pequeñas, los tiempos más cortos y las oportunidades y los riesgos cada vez mayores. La globalización ha permitido un progreso sin precedentes, haciendo posible uno de los períodos de crecimiento más espectaculares de la historia de la humanidad y permitiendo sacar a millones de personas de la pobreza. Pero también  hay perdedores, así como nuevos retos globales que demandan soluciones más allá de la capacidad de los estados.

 

En este contexto de interdependencia, el papel de la OCDE como foro en el que los países se reúnen para compartir las mejores prácticas en los diversos ámbitos de la economía, de lo social, de lo relativo al medioambiente y al buen gobierno, es más relevante que nunca. A diferencia de otras organizaciones internacionales, la OCDE no provee recursos financieros, sino que damos asesoría para mejorar las oportunidades de millones de personas, y lo hacemos a partir de la experiencia compartida: qué funciona y qué no, cómo, dónde y en qué circunstancias.

 

Nuestra especialización en temas estructurales, que constituyen el fundamento del desarrollo de largo plazo de las sociedades, nos sitúa en un lugar privilegiado para contribuir con nuestra capacidad multidisciplinaria a resolver los grandes desafíos de nuestras sociedades. Por ello trabajamos en áreas clave como la mejora de la educación, la creación de empleo, el fomento de la innovación, la gestión de los flujos migratorios, la lucha contra el cambio climático y el combate contra los paraísos fiscales, por dar sólo algunos ejemplos. 

 

Durante mi mandato, he intentado promover una OCDE más abierta y adaptada a las necesidades de nuestro tiempo, con el impacto y la relevancia como principales motores y razón de ser. Los datos armonizados y los indicadores socioeconómicos que producimos regularmente permiten a los países compararse entre ellos e identificar cómo pueden mejorar. Pero cada vez apostamos por ir más allá e incidir en los esfuerzos internacionales encaminados a establecer nuevos estándares en áreas clave como el intercambio automático de información fiscal, la lucha contra la corrupción, la protección de las inversiones o el buen gobierno corporativo.

 

Estos 9 años al frente de la OCDE me han hecho más consciente del enorme potencial del ser humano cuando trabajamos juntos en pro de un objetivo común, por encima de nuestras diferencias. Pero también me han ayudado a experimentar, de primera mano, que un multilateralismo efectivo y funcional requiere trascender nuestros intereses nacionales y reconocer nuestra responsabilidad hacia el planeta que compartimos.

 

Desde la OCDE, creemos firmemente en la necesidad de poner al ser humano en el centro de nuestras políticas. Por eso una de las principales iniciativas que he impulsado durante mi mandato —bajo el nombre New Approaches to Economic Challenges (Nuevos Enfoques ante los Retos Económicos)— aspira a revisar y mejorar nuestro pensamiento económico y nuestro marco teórico-práctico. El objetivo es enriquecer nuestro análisis reconociendo que el propósito último de la actividad económica y de las políticas públicas es promover el bienestar y hacer posible una vida mejor, como dice el lema de nuestra Organización.

 

 

Los retos a los que nos enfrentamos y las oportunidades que no debemos desaprovechar

 

Quisiera ahora referirme brevemente al momento actual. Es un momento único: delicado pero prometedor; difícil pero al mismo tiempo fascinante por las posibilidades que ofrece. Un momento de grandes riesgos y grandes oportunidades.

 

Aunque las perspectivas económicas internacionales han mejorado respecto de los últimos años, la recuperación está siendo desigual: el dinamismo de la economía de Estados Unidos contrasta con la situación en Europa y, hasta cierto punto, también en Japón. Los emergentes desaceleran. El problema de fondo es que la crisis nos ha dejado legados muy pesados:

 

  • Primero, un crecimiento débil, al que algunos llaman “new normal” (yo prefiero pensar que podemos evitar esa nueva normalidad), pero que ciertamente es una realidad al día de hoy porque los cuatro cilindros del motor económico están funcionando a medio gas: débil inversión, falta de crédito, leve recuperación del comercio y desaceleración de las grandes economías emergentes —que venían tirando del carro de la economía global en las últimas décadas.
     
  • Segundo, una crisis laboral y social de magnitudes enormes: 43 millones de personas siguen desempleadas en la OCDE, 8.6 millones más que en julio de 2008, cuando la crisis comenzó a destruir empleo. La situación de España es un ejemplo revelador.
     
  • Tercero, un aumento de las desigualdades, que ya estaban creciendo antes de la crisis pero que se dispararon en los últimos años: sólo entre 2007 y 2010 la desigualdad aumentó más que durante los 12 años previos. Yo vengo argumentando que las desigualdades son el cocktail molotov de nuestra era, y atentan directamente contra la cohesión de nuestras sociedades.
     
  • Y por último, y no menos importante, la crisis nos deja una dramática  erosión de la confianza de los ciudadanos en las instituciones – no sólo políticas y de gobierno, sino también en las empresas, sistemas judiciales, sindicatos, organismos internacionales y un largo etcétera. La gente ha dejado de confiar en el sistema y en la capacidad del mismo para solucionar “mis” problemas.

 

Si añadimos a estos legados de la crisis los propios retos que definen a nuestro tiempo — la lucha contra la pobreza, el cambio climático, el terrorismo, la discriminación por género o color de piel, o la falta de libertades que todavía impera en muchas regiones del planeta — nos damos cuenta de que necesitamos, más que nunca, servidores públicos con una profunda vocación de servicio, gente dispuesta a dedicar sus esfuerzos a construir un mundo mejor.

 

Entre el optimismo y el pesimismo, escojo el activismo. Creo firmemente que pese a los importantes retos que enfrentamos estamos en una posición única para demostrar que podemos afrontarlos con éxito. Con frecuencia somos críticos con los mecanismos de cooperación internacional: otra cumbre sin resultados; otra falta de acuerdos; otro comunicado de prensa lleno de palabras y vacío de contenido. Pero lo cierto es que el grado de colaboración entre los gobiernos que observamos hoy no tiene parangón.

 

Los próximos meses no serán fáciles y nos crearán ansiedades y quebraderos de cabeza, pero ahí estamos: apoyando la Cumbre sobre Financiamiento al Desarrollo en Addis Abeba, en julio próximo; a punto de establecer 17 nuevos objetivos de desarrollo sostenible para reemplazar a los Objetivos del Milenio el próximo septiembre en Nueva York; y trabajando arduamente para llegar a la cita del COP21 en París el próximo diciembre con un firme acuerdo para combatir el cambio climático.

 

Con el G20, en el que la OCDE también participa estrechamente, nos hemos dotado de un excelente mecanismo para coordinar acciones que ayuden a reactivar la economía, fijando importantes objetivos estructurales para lograrlo.

 

Y qué les puedo decir de la Unión Europea: los avances en materia fiscal, financiera y social han sido impresionantes. Si bien a muchos nos gustaría que Europa se construyera más rápidamente, ¡piensen en lo inimaginable que la situación actual hubiera sido hace 70 años, cuando el continente de desangraba durante la Segunda Guerra Mundial! Europa siempre ha avanzado a través de crisis, y ha sacado lo mejor de sí misma para superarlas. Siempre se reinventa, se rediseña, se fortalece y se dota de mejores instituciones.

 

Desde la OCDE también estamos muy ilusionados por el grado de colaboración que hemos establecido con nuestro países miembros, incluida la propia España. Hemos acompañado varios de los procesos de reforma –en el caso español en materia laboral, de la administración pública, del sistema de competencias, de la política ambiental—porque los propios gobiernos reconocen la importancia de saber más sobre cómo otros países han acometido desafíos similares, y qué lecciones y reformas son aplicables a los desafíos concretos que ellos enfrentan. Y las reformas, aunque difíciles, están dando sus frutos y contribuyendo a la recuperación económica.

 

Así pues, permítanme que les deje con esta idea: tenemos un difícil camino por delante, pero creo firmemente en nuestra capacidad para aprender unos de otros, trabajar juntos e  instaurar un nuevo modelo de crecimiento que sea más robusto, más verde y más incluyente. Un modelo que genere oportunidades para todos y nos permita dejar un mundo mejor a nuestros hijos y a nuestros nietos.

 

Señoras y Señores, Queridos Amigos,

 

Sí es posible cambiar el mundo. Sí es posible mejorarlo. Yo soy testigo. He tenido la suerte de contribuir modestamente a ello a lo largo de mi carrera, y lo sigo viviendo desde la OCDE. Las buenas políticas públicas y la cooperación internacional pueden hacer esta magia.

 

Espero que estas palabras hayan podido servir de estímulo y motivación a algunos de los estudiantes que hoy nos acompañan. Para mí, el servicio público es una fuente de inspiración que me anima a trabajar día a día, y espero que lo siga haciendo durante muchos años más. ¡Es tanto lo que nos queda por hacer!

 

Nuestros estudiantes de hoy son la llave del futuro de nuestras sociedades. A todos los jóvenes y no tan jóvenes que hoy nos acompañan los animo a poner sus capacidades y competencias al servicio de la sociedad, desde el sector público o el privado, social o académico, haciendo aquello que sepan hacer mejor.

 

Y a los profesores y personal de esta universidad, les animo a seguir esta noble tarea de ayudar a formar a las generaciones futuras. No hay labor más necesaria en los tiempos que vivimos, en los que para aprovechar las nuevas oportunidades que ofrece la economía global necesitamos ciudadanos bien formados, más participativos y más comprometidos con el mundo que les rodea.

 

Quiero agradecerles nuevamente a todos ustedes su presencia, su hospitalidad y su cariño. Gracias por acompañarnos a mi esposa Lulu y a mí en un día tan especial. Este doctorado con el que hoy me honran no es sólo un reconocimiento personal, sino también para todas las personas e instituciones con las que he tenido el privilegio de trabajar a lo largo  de estos años. Todos ellos me han permitido hacer realidad el sueño de aquel joven que quería dedicar su vida a mejorar la vida de los demás.

 

¡Muchas gracias!